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Mar 10
La primera incursión en los planes de Jonathan José Pisfil Agapito la había concluido Zenda con un par de frases amables, arguyendo que tenía la cena en el fuego. En realidad lo que se le empezaba a quemar era la sesera.
Había optado por cortar la conversación después de 45 minutos de babeo virtual, en el transcurso de los cuales ella se había revelado tímida y sencilla como una margarita silvestre.
Esto le había costado un poco. Zenda era una persona fuerte y atrevida, amable, pero decidida, y mostrarse apocada le resultaba un ejercicio difícil. Además, se había visto obligada a elogiar la verborrea empalagosa y fraudulenta del aspirante a marido europeo, todo un reto para una amante de las letras, que había tenido que soportar ataques ignominiosos a su lengua materna sin verter sangre por sus malheridos ojos.
También hubo de contenerse para no preguntarle en qué clase de tómbola le habían regalado el supuesto título de periodista que ostentaba. Tiempo atrás, Zenda había elaborado un listado de las tropelías más atroces que leyera en Internet. La más frecuente era la de “haber si nos vemos”, que derrochaba con profusión el de Palacagüina, pero no era la única, ni mucho menos.
En una oración de diez palabras podía tener al menos ocho faltas de ortografía y cuatro de gramática. Obviaba las mayúsculas y las tildes, aunque de éstas últimas más bien pudiera decirse que saltaban como piojos sobre las palabras vecinas, ausentándose de las propias, y finalizaba cada sentencia con una interminable hilera de puntos suspensivos, que según explicaba el propio autor, trataban de expresar su infinita melancolía por la vida.
Pero fue con la frase “asta ke nos convezcamos de nuestra maldad esta tierra sera solo un pedazito de miséria en el ojo de mira de dios” con la que definitivamente se cubriría de gloria. No sabía Zenda qué le había llegado más al alma, si la nueva forma verbal de convencer, la zeta del pedacito, o el ojo de mira. ¿Qué demonios era eso?
-Tal vez quería dejarte claro que no se trataba del ojo del culo, sino del ojo “de mirá”.
El comentario de Perla llegó hasta la cajera del supermercado, que la escrutó brevemente con ojos de huevo, para volver a su concierto de “bips” electrónicos.
-No seas ordinaria hija- la espetó Zenda. Luego rió un chiste privado y agregó: -Dios no tiene orificio anal.
-¿Eso también te lo dijeron las monjas?
-No, las monjas no hablan de temas escatológicos.
Colocaron las bolsas en el maletero del coche de Perla y se pusieron en marcha.
Se dirigían a casa de Amelia, una amiga de Zenda desde sus tiempos escolares, cuando las dos aún llevaban coletas. La madre de Meli -así la llamaban todos- era costurera, y había realizado algunos trabajos para Perla, aunque ésta no era tan íntima de ambas como Zenda.
Meli las había invitado a tomar café, aprovechando que esa tarde estaba sola. Zenda tenía muchas ganas de verla, pues no lo había hecho con demasiada frecuencia desde que su amiga se casara, aunque sí habían hablado mucho por teléfono.
Sentía lástima por su amiga Meli, una chica ya de por sí tímida y sumisa cuyo espíritu había menguado considerablemente desde su boda. Zenda siempre pensó que no debía casarse.
No era aversión al matrimonio en sí; Meli y su novio llevaban ya quince años de relaciones, y lo normal era que acabaran por vivir juntos. Lo que a Zenda le disgustaba era el hombre que su amiga había elegido como compañero.
El sujeto se llamaba Olegario, y en opinión de Zenda ofrecía todo un ramillete de cada cosa que ella consideraba inaguantable.
Era un tipo chaparro, con cierto sobrepeso, de metro sesenta y ocho de estatura, cara cuadrada y ojos hundidos y alargados como dos puñaladas en un cartón. Se peinaba su fino pelo castaño con la raya al lado, y tenía una boca pequeña que auguraba verdades a medias y miserias inconfesables. Cuando Zenda hablaba con Meli, él la miraba con una especie de mueca que pretendía ser sonrisa sin conseguirlo. La ponía de los nervios.
Olegario era profesor de matemáticas en un colegio de secundaria, y probablemente el tío más aburrido, monótono e inexpresivo que Zenda se había cruzado.
Meli le llamaba “Ole”, nombre que, a juicio de Zenda, resultaba totalmente inapropiado. No era lógico jalear con tan castiza interjección a un individuo cuya sola visión causaba grima. Además, cuando Meli le presentaba a alguien, la frase sonaba:
-Ole, mi novio.
Y, a la vista del conjunto, la oración era improcedente toda ella.
No se trataba solamente de que su físico no le acompañara. Su ánimo, su espíritu -o la falta de ambos- se conjugaban con su estampa. En una conversación apenas conseguían sacársele monosílabos, ningún tema parecía interesarle, y resultaba realmente difícil planear cualquier actividad si él estaba de por medio. No bailaba, no bebía, no salía de noche, no le gustaban el cine ni la música, nunca iba a la playa, no practicaba ningún deporte, no viajaba, no conversaba… ¡No vivía!
Perla se refería a él como “la momia”, y la verdad es que el apelativo le iba como anillo al dedo.
A veces Zenda lo había hablado con Noel: ¿Cómo era posible que una chica sensible, amante de la danza y la música, licenciada en bellas artes y, en definitiva, tan llena de vida, saliese con un hombre emocionalmente muerto?
La respuesta probablemente estaba en la temprana edad a la que habían comenzado su relación; A los catorce años cualquier cosa es amor. Tal vez a ella se le habría pasado pronto si no hubiesen tenido que esconder su romance a los ojos de su padre, un hombre anticuado y tirano que controlaba con severidad militar a toda la familia, y que no llegaría a tener conocimiento del asunto -diplomacia materna de por medio- hasta pasados cinco años.
Por esta razón, los encuentros furtivos de los jóvenes amantes no se habían prodigado demasiado; Si acaso, durante el primer lustro de su relación se habrían visto brevemente una vez por semana. Esta circunstancia, unida al hecho de que él cursaría su carrera universitaria a 700 Km. de distancia, y de que con posterioridad se pasaría otros cuatro años trabajando fuera, había dado lugar a un pseudo noviazgo, cuya duración real -matemáticamente hablando- no sería superior a los dos años.
En cualquier caso, la inercia, la rutina o la edad de la pareja ya iban pidiendo a gritos un desenlace, y como quiera que el amancebamiento estaba fuera de toda consideración, tanto por parte de los padres de él como por los de ella, el desposorio se hacía inevitable. Y se casaron, claro.
La boda de Meli se le antojó a Zenda un espectáculo de lo más lamentable. Para empezar, la novia acudía al evento con las mismas expectativas que un pavo el día 23 de diciembre. No eran nervios lo que se reflejaba en su cara: Era pavor. Frente al espejo, y enfundada en su aparatoso vestido, se había sentido como un alud de nieve; una gran masa blanca que se precipitaba hacia el suelo para estrellarse con violencia y estrépito.
Zenda había asistido acompañada por Noel, y Perla, según sus propias palabras, “en calidad de candelabro”. La ceremonia fue breve e inaudible, no tanto por la acústica del templo como por los votos en susurro de una Meli acongojada y un Olegario monocorde. A la salida, los asistentes bombardearon a los novios con arroz vaporizado y macarrones. Meli, petrificada como estaba, no fue capaz de sacudirse aquella lluvia de hidratos, y nadie la advirtió de que una de las piezas cilíndricas se había asentado en la parte más frontal de su complicado peinado, por lo que, a lo largo de todo el reportaje, el macarrón aparecería chupando cámara.
Pero no sería ésta la escena más patética del evento.
Ya en el local del banquete, la novia comenzó a manifestar una especie de tic nervioso, propiciado en gran medida por la actitud de la madre de Olegario, una mujer irritante y ordinaria que se empeñaba en obsequiar a los presentes con una información que nadie le había pedido. Describió las dificultades que había tenido Meli para ceñirse el corpiño, porque la muy irresponsable había engordado un kilo dos semanas antes, se explayó en los pormenores del ritual cosmético de la novia, haciendo especial hincapié en las escenas de depilado inguinal del día previo, e insistió en aclarar a los comensales que el jamón era genuino de Jabugo, y que les había costado un ojo de la cara.
En un momento determinado, Meli se levantó de la mesa presidencial, pudiendo apenas balbucear una excusa para ir al baño, y con toda la masa vaporosa que la rodeaba, se abrió paso de manera casi frenética hasta la mesa en la que se encontraba Zenda.
La tomó de la muñeca y poco menos que la obligó a acompañarla al servicio. Estaba roja y tenía los ojos brillantes. Zenda miró a Noel mientras se levantaba, haciendo un gesto interrogante, y Meli tiró de ella bruscamente, conduciéndola casi en volandas, mientras que Zenda trataba de seguirla en una especie de baile atolondrado, haciendo esfuerzos por no pisarle el blanco vestido.
En el baño no había nadie. En el salón estaban sirviendo el auténtico jamón de Jabugo costeado por los suegros, y los invitados al ágape estaban demasiado ocupados dando cuenta de él como para pensar en orinar o acicalarse.
Meli abrió la puerta de uno de los retretes, arrastrando con ella a Zenda, quien se preguntaba cómo demonios iban a meterse allí los tres, las mujeres y el vestido.
La novia peleó unos segundos con la inmensa falda, sofocada por la carrera, y al final farfulló una especie de súplica:
-Ayúdame por favor.
Estaba como ahogada. Zenda se agachó lo que pudo en el reducido espacio, y cogió la parte trasera del vestido, pasándolo por encima de la cabeza de Meli. Luego hizo lo propio con el cancán, y las dos acabaron cubiertas con la parte exterior de la falda, las cabezas pegadas frente con frente. Meli se agachó para hacer pis, y entonces comenzó a llorar.
Bajo una inmaculada tienda de campaña realizada en gasa y seda, Zenda se hallaba atrapada con una novia desolada que festejaba sus esponsales llorando amargamente, mientras que al otro lado del vaporoso iglú el discurrir del chorrito en el retrete ponía la banda sonora a una escena que por momentos se volvía surrealista.
-Ay Zenda -gemía- Yo no quiero casarme.
Zenda se contuvo para no explicar a la atribulada novia que ya era un poco tarde para eso. No quería ni imaginarse cómo sería un ataque de histeria encerrada en una falda. Sabía que aquella boda era un error, -cualquiera que se casara con Olegario cometía un disparate- pero siempre había creído que Meli no era consciente de ello. Mirándola, comprendió más que nunca que su pobre amiga se había visto arrastrada por las circunstancias. Probablemente, si Meli le hubiese dicho aquello unos meses antes, ella la habría animado a cancelar la boda, pero a esas alturas ya no era plan. Tenía que tranquilizarla como fuera.
-Es normal que estés nerviosa… -comenzó a decir. Meli la interrumpió:
-¡Yo no quiero quedarme a solas con Olegario! ¡Quiero irme a casa!
Mientras que ella resoplaba para darse aire en la cara, Meli se precipitaba por momentos en un balbuceo ininteligible, entre sollozos. La gasa se movía cada vez que resollaba.
Zenda comenzó a temer que iba a quedarse allí toda su vida. Empezaba a sudar bajo aquella especie de mosquitera carísima, y le dolía la espalda de estar en cuclillas. Además, no soportaba los sitios cerrados, y no recordaba haber estado en uno tan pequeño desde que a los cinco años de edad su hermana la encerrara en un baúl. Por si fuera poco, todos los presentes habían visto la estampida con agravante de secuestro protagonizada por la novia, y probablemente estarían especulando sobre el paradero de las dos mujeres.
-Oye Meli – su tono trataba de ser tranquilizador- éste es el día de tu boda. Es una fiesta, y tú eres la protagonista…
-¡No es verdad! – Lloró- ¡Mi suegra es la protagonista! ¡Le ha contado a todo el mundo que me ha venido la regla! ¡Por el amor de Dios, se lo ha contado al camarero!
Con la respiración entrecortada, farfulló algo sobre el ridículo y sobre el peor día de su vida. Zenda se deshacía en palabras dulces, pero viendo que la ternura no la iba a llevar a ninguna parte, optó por cambiar de tercio:
-Bueno, es posible que tu suegra acabe siendo la protagonista si te empeñas en dejarla que campe a sus anchas por el salón, mientras que tú estás aquí conmigo, bajo toda esta tela, y con el culo al aire.
Meli hizo un conato de sonrisa entre su mar de lágrimas, y le pidió el papel higiénico a Zenda, quien realizó una incursión en el mundo exterior con la mano derecha, hasta dar a tientas con el rollo.
-Ya está -le dijo- Sécate esas lágrimas y salgamos de aquí por Dios.
Meli se sonó la nariz, peleó con su ropa interior y volvió a bajarse la falda. Zenda respiró aliviada y ambas salieron del retrete.
Se adecentaron un poco y volvieron al salón, donde algunas personas se giraron al percatarse del regreso de la novia. Ya desde su mesa, Zenda vio cómo Meli se sentaba de nuevo, y también cómo, ante el más que probable interrogatorio de su suegra, se bebía dos copas de rioja de un tirón. Aquello la puso triste; Meli no bebía nunca.
-¿Dónde has estado? -Noel parecía desconcertado.
-De camping -se limitó a decir Zenda, quitándole su cerveza para darle un largo sorbo -luego te explico.
-Estás horrible -dijo Perla al ver que sudaba- ¿Te has estado follando a un camarero en el baño o qué?
Zenda se disponía a contestarle algo borde cuando la orquesta hizo un redoble; Iban a cortar la tarta. El amasijo de merengue, coronado por dos figuritas de plástico, apareció en escena sobre un carrito que empujaba un camarero, en tanto que otro proveía a los recién casados de la típica espada con la que dar el primer corte al pastel, y con la que Zenda de buena gana les habría rebanado el cuello a Olegario y a su madre. Mientras que ella se recreaba mentalmente en una escena de película gore, los novios se hicieron la foto de rigor, y los camareros procedieron a repartir las blancas porciones entre los invitados.
A aquellas alturas del festejo, Zenda ya tenía ganas de irse a casa. Las confidencias de retrete de la novia, los despropósitos de la madrina y la sonrisa de plástico del novio le estaban produciendo una mala digestión.
Pero la noche aún reservaba otro espectáculo; después de la tarta, tocaba abrir el baile con el tradicional vals.
Meli bailaba muy bien, tenía gracia, ritmo y elegancia, y se desenvolvía con soltura ya fuese ejecutando una salsa, un tango o una lambada, pero nadie se imaginaba al almidonado Olegario desplegándose en tales artes. Ver a un zombi deslizándose al son de una melodía no era un espectáculo que se viera todos los días, así que en general podía decirse que todos los presentes aguardaban con expectación el comienzo del baile, que no habría de dejar indiferente a nadie.
Como abrazada a un tronco, la novia trataba de describir algún movimiento con gracia, pero se encontró con un Olegario agarrotado, que no llegó a levantar un pie de la misma baldosa. Más corpulento que ella, los intentos de Meli se tradujeron en una serie de bufidos, en medio de los cuales se adivinaba una súplica al novio para que se moviese, pero lo más que conseguía era menearle los brazos arriba y abajo. Parecía una sesión de rehabilitación fisioterapéutica. Ella comenzó a ponerse roja, y los presentes se dividían entre la mofa y la compasión. Finalmente, algunos de ellos pusieron término a la agonía de la novia, saliendo a la pista y ocultando el patético espectáculo.
Para Zenda fue suficiente. Rogó a Noel que se marcharan, a lo que él accedió de buena gana. Comunicaron su propósito a Perla, quien les instó a marcharse sin ella, pues había decidido quedarse de palique con un tipo bajito que contaba chistes. Al menos alguien estaba disfrutando de todo aquello, pensó Zenda, mientras cogía su bolso de la silla.
Cuando dejaron la fiesta, Meli tenía la que probablemente era la primera borrachera de su vida. Casi con toda seguridad se perdería su propia noche de bodas. Claro que, mirando bien a Olegario, era mejor que estuviese anestesiada.
Mar 10
La casa de Meli estaba en las afueras, en un pueblo a 130 Km. de la capital, donde a su marido le habían dado plaza como profesor tras las oposiciones. Mientras Perla conducía, Zenda la ponía al corriente de las últimas novedades.
Al parecer, la vida de casada no era ni mucho menos como Meli la había imaginado. Olegario se pasaba la mitad del día trabajando, y la otra mitad encerrado en el estudio, navegando por Internet.
-Lo sabía. -Dijo Perla- Tiene cara de pervertido. Los calladitos son los peores. Apuesto a que se mete en sitios porno.
-Peor aún. Eso al menos sería más normal. Lo que hace es trastear por páginas de venta de libros, y se lo pasa pipa el tío. Según Meli, disfruta como un enano.
-No creo que el concepto del disfrute le sea familiar a ese hombre. Ni le he visto reírse. El día que lo haga le saldrán agujetas en la cara.
-Pues sí que se ríe. -Le refutó Zenda- Bueno, yo sólo le he visto hacerlo una vez, pero a carcajadas.
Sin apartar la vista de la carretera, Perla inquirió:
-¿A carcajadas? ¿Olegario?
-Te lo juro.
-No es posible. La risa, según el diccionario, es el acto humano que consiste en la manifestación de la alegría con movimientos del rostro, y que yo sepa, Olegario ni es humano, ni puede manifestar alegría. De hecho, yo a lo que tiene ni le llamaría rostro. Vamos, que fuere lo que fuere, lo que viste no pudo ser risa. A lo mejor fue un ataque epiléptico.
Sin embargo era cierto.
El suceso había tenido lugar una tarde de invierno, mucho antes de los planes de boda, cuando Meli aún vivía con sus padres. Era domingo, y Meli le había pedido a Zenda que fuese a su casa a ayudarla con la decoración de su cuarto. Cuando Zenda entró en la salita, Olegario estaba allí, muy entretenido con la lectura de un libro. Ignoró a Zenda y ella le devolvió el trato, pasando a instancias de Meli hasta el dormitorio.
Las dos chicas se sentaron sobre la cama, mirando revistas de decoración. Mientras charlaban animadamente sobre cortinas y edredones, un sonido extraño llamó la atención de Zenda. Procedía de la salita, y se producía a intervalos irregulares.
Cuando trataba de analizarlo, el ruido se detenía, y volvía a la carga en el momento en que menos lo esperaba. Era algo así como un hipo, una respiración entrecortada, rematada por un ridículo tono agudo, como el chillido de una cobaya.
Al cabo de un rato, ambas se presentaron en el lugar en cuestión, buscando un número atrasado de Nuevo Estilo. En realidad se trataba de una excusa que Zenda había urdido para esclarecer el origen de aquel ruido insólito.
Semi tumbado en el sofá, Olegario seguía inmerso en la lectura del libro, un tomo grueso cuyo título no podía apreciarse, al estar forrado con un papel oscuro.
Se percató entonces Zenda de que los extraños gemidos procedían del propio Olegario, quien hacía algo parecido a reírse, sin despegar la mirada de las páginas. Al principio, trató de disimular su curiosidad e ir a lo suyo, pero, en un momento dado, Olegario explotó en carcajadas.
Ambas se volvieron, para comprobar atónitas cómo el susodicho lloraba de la risa. Zenda se quedó tan perpleja que a punto estuvo de pedirle a Meli una cámara para inmortalizar el momento, pero en lugar de eso se quedó inmóvil, tratando de retener cada detalle en su mente.
Olegario se había tumbado de espaldas en el sofá, sujetando el libro abierto con una mano, mientras que con la otra se tapaba la cara. Éste fue un gesto que Zenda agradeció mentalmente, pues la visión de aquella horrible cara constreñida por la risa le estaba produciendo escalofríos. Sin embargo, y con el mismo morbo con el que se observa un accidente de tráfico, le resultaba imposible apartar la vista de la escena.
A Zenda le era difícil imaginar qué podía provocar una reacción tan extrema en un individuo al que, con toda seguridad, si pinchaban no le sacaban sangre.
Pero ella y su curiosidad estaban de suerte. Mientras hojeaban las revistas, Olegario se levantó para ir al baño, y Zenda aprovechó la ocasión para rogarle a Meli que le trajese un vaso de agua.
Con un gesto rápido, cogió el libro del sofá, intrigada por el contenido y naturaleza de aquello que había conseguido arrancarle carcajadas a un muerto viviente.
Se quedó atónita; La página marcada por Olegario no contenía ni una sola palabra.
-¿Eran fotos, cómics… porno en fin?
-Nada de eso- replicó Zenda.
-¿Entonces?
Le explicó que había tomado el grueso de las páginas, y las había hecho correr rápidamente con el dedo pulgar, provocando un baile en abanico que, por todo el libro, no dejaba ver más que fórmulas matemáticas.
-Me estás vacilando- le dijo Perla.
-En absoluto. Te juro que la momia se estaba descojonando con ecuaciones y logaritmos. Debe ser lo único que le pone.
-Ese tío folla en binario, fijo.
Zenda rió- ¿Y cómo es eso?
-Pueess… Supongo que, en lugar de susurrar frases lascivas, va recitando en voz alta, para no perderse: “palito, cerito, palito, cerito, palito, cerito…”
Zenda rompió a reír. Luego reflexionó en voz alta.
-La verdad es que no me imagino a Olegario participando en ninguna actividad que precise de intimidad con otro ser humano. No es capaz de interactuar a ningún nivel. Es como un hongo. Simplemente está ahí, sin moverse ni hacer ruido, y no sabes cómo ni cuando ha aparecido.
-Eso podría explicar lo de su improbable vida sexual. -dijo Perla- A lo mejor se reproduce por esporas. Seguro que sus padres se lo encontraron un día en un rincón de su cuarto, como una seta en el bosque.
-Uf, sus padres. Ésa es otra… Pobre Meli, la que le ha caído encima.
-¿Y eso?
-Pues resulta que viven a dos manzanas de su casa. Olegario pidió ese destino como primera opción para estar cerca de su mamá, y se pasan el día en su piso, aún cuando él no está. Es como si quisieran vigilarla.
-Pues vaya cuadro flamenco. La familia champiñón al completo. Me acuerdo de la suegra, y de su inenarrable papel en la boda. Menuda pieza. Y el marido parecía un Olegario arrugado. Desde luego, si yo estuviera en el lugar de Meli, ni les abriría la puerta.
-Ese es el problema, -explicó Zenda- que Meli no es la que abre la puerta. Tienen un juego de llaves del piso, y se cuelan todos los días en su casa sin avisar, a cualquier hora. Meli me ha dicho que tiene que estar todo el día correctamente vestida y con el piso arreglado a tope, porque llegan a horas intempestivas a pasar revista. Le ha rogado a Olegario que les pida las llaves, pero él se niega, porque dice que podrían malinterpretar el gesto.
-¿Malinterpretar? ¿Qué hay que malinterpretar? Ella está en su derecho a preservar su intimidad. Lo que no entiendo es por qué tiene que estar arregladita para ellos. Si yo fuera ella, me pasearía en bragas por la casa, para que captaran la indirecta.
-Te creo muy capaz, -se sonrió- pero ya sabes lo tímida que es Meli. No creo que ni su marido la haya visto completamente desnuda.
-¿Follan con túnica, como en la Edad Media?
-No, le echa las esporas por la cabeza -apuntó con sorna- Vamos, que si ves un robellón en la cocina no te lo comas, no vaya a ser un hijo de Olegario.
Las dos rieron.
Mar 10
-No te enfades, pero yo creo que no deberías meterte en sus asuntos, no sé, me parece…
Siempre que Meli tenía que decir algo que pudiera contrariar a su interlocutor, comenzaba la frase con un “no te enfades”, y la concluía con algún titubeo que se diluía lentamente en el silencio, como una canción melódica.
Estaba sirviendo el café en un juego de porcelana de dudoso gusto, regalo de bodas de su tía abuela Encarna, mientras que las tres departían sobre el último disparate de Mara. Zenda tomó su taza, observando con disgusto el decorado de mariposas en color verde y amarillo que la rodeaba. Detestaba las mariposas. Detestaba el verde. Detestaba el amarillo. Y decidió que la tía Encarna no le gustaba tampoco.
-No me estoy metiendo en nada. -Contestó Zenda- Sólo expongo mi postura. Ese tío es una buena pieza.
- ¿No te gusta porque es sudamericano?
-¡Claro que no!- Zenda reaccionó un tanto ofendida. -A mí me daría igual que el tipo fuese nórdico, ruso o australiano. La cuestión es que es un aprovechado.
-Pero… ¿es algo que sabes fehacientemente? Quiero decir, ¿tienes alguna prueba de que no esté siendo sincero?
Zenda y Perla se miraron. Habían convenido en no decir nada del experimento que estaba llevando a cabo. Meli era una chica extremadamente prudente, recatada como la lencería de una monja, y capaz de escandalizarse sólo con oír una palabrota. Aquel asunto era demasiado escabroso, y ella demasiado ingenua para oírlo.
-Meli, nena -le dijo Perla- sabemos que lo que siente ese tío no es amor verdadero por una mera cuestión de estadísticas.
-¿Estadísticas?
-Claro. A ver: ¿Qué posibilidades hay de que un gilipollas capaz de casarse con alguien a quien no ha visto nunca se encuentre con otro gilipollas similar? ¡Poquísimas! Si consideramos que Mara sí es una genuina gilipollas, es prácticamente imposible que haya dado tan fácilmente con su media naranja. Está claro que a él le mueven otros intereses.
-Es cierto -apuntó Zenda, tratando de ocultar así el verdadero origen de su convicción- Además, está comprobado que el setenta por ciento de la gente que busca relaciones en Internet miente.
-Imposible -dijo Perla.
-¿No crees que tanta gente pueda mentir?
-No creo que el otro treinta por ciento diga la verdad. Son demasiados.
-Bueno -dijo Meli- yo una vez me conecté en un Chat y no dije ninguna mentira…
Zenda y Perla cruzaron miradas. Meli era tan inocente que resultaba irreal. La observaron servir el café con modales de duquesita. Ella prosiguió:
-Es una pena que existan personas así. Por su culpa luego juzgan mal a todos sus compatriotas. No es justo.
-Bueno, no creo que nadie vaya a juzgar a todo un país de veinte o treinta millones de habitantes por un solo individuo -dijo Perla- Si esto fuera así, sólo con la cantidad de españoles imbéciles que conozco estaríamos todos condenados. El de Palacagüina es un oportunista, pero en su país no tienen la culpa de eso.
Meli fue a decir algo, dudó, dio un sorbo a su café, y finalmente se atrevió a hacer una puntualización:
-Está en Nicaragua.
Las dos se miraron, sin comprender.
-¿Quién o qué está en Nicaragua?
-Palacagüina -dijo Meli tímidamente- Como no paráis de llamar así al peruano…
Zenda sonrió. Se dio cuenta de que a su amiga le había costado trabajo decir aquello.
-Meli, cielo, -se aprestó a responderle Perla- es sólo un chiste malo, por el cantante aquél del poncho.
-Ah, vale, perdona…
-Estás muy puesta en geografía -le dijo Zenda con una sonrisa.
-Bueno, ya sabes que me gusta mucho todo lo que tiene que ver con los países latinoamericanos.
Era cierto. Meli era un espíritu cálido. Desde muy pequeña le chiflaba todo lo relativo a Ibero América, sus gentes, su folklore, y muy especialmente los bailes latinos, en los que era toda una experta. En una conversación, en su lenguaje, en su modo de proceder se revelaba juiciosa, tranquila, exquisita y apocada, pero cuando sonaba una salsa o un merengue, la timidez daba paso a una explosión en la que florecían toda su sensualidad y su pasión. Perla decía de ella que era “un alma caliente encerrada en la esposa de un profesor de matemáticas”.
Después del café, Meli estuvo enseñándoles las fotos de la boda, en un enorme álbum que pesaba una tonelada. Luego les mostró algunos de los regalos recibidos, concediéndoles un apartado especial a los que guardaba en su particular “cámara de los horrores”.
-Éstos son los peores -advirtió- Ni siquiera Olegario me ha obligado a ponerlos, menos mal- Luego se percató de que podía estar pecando de maleducada o desagradecida. Trató de explicarse:
-Es que alguna gente tiene muy buena voluntad, pero poquito dinero, o no saben cuál es el estilo que me gusta.
-¿Estilo? -dijo Perla, mientras sostenía un espeluznante cisne de porcelana en color turquesa con adornos dorados. No creo que esa palabra esté en el vocabulario de la persona que te regaló esto. Mira Meli, no tienes que excusarte. La mayoría de la gente que acude a una boda lo hace sólo para comer y beber gratis, o por lucir modelito. Y ni siquiera se molestan en traer un regalo decente, son unos rácanos. Esta cosa tan fea viene del todo a cien, fijo. En lugar de tenerlos en un rincón ocupándote sitio deberías hacer terapia con ellos.
-¿Terapia?
-Sí, cuando estés cabreada con Olegario, por ejemplo, rompes alguno.
-No puedo hacer eso, tengo que tenerlos a la mano por si viene de visita la persona que me lo regaló.
-¿Y te acuerdas de quién te regaló cada cosa?
-No, pero les he puesto una pegatina identificativa en la base.
Perla comprobó este extremo. Bajo el horrible cisne, Meli había escrito “Prima Matilde”.
-Joder con la prima Matilde.
-Pues esto es peor -dijo Zenda. Sostenía en alto lo que parecía ser la figura de una pastora made in Taiwán. En la falda conservaba una pegatina que indicaba estar pintada a mano.
-¿Pintada a mano? Pues el chino que lo hizo padecía de párkinson- Zenda mostró la pieza a Perla. Ésta se rió.
-Sí, se le ha corrido el rimel. Se habrá llevado algún disgusto la pobre.
Meli no se había dado cuenta de que la pastora tenía los ojos blancos, y que la pintura que debía emular las pestañas y las pupilas se encontraba a la altura de los pómulos. Se echó a reír.
-Anda dame, voy a guardar ese horror -dijo por fin.
Se disponía a meter la pastora en su caja cuando en la entrada de la casa se oyó un ruido. Parecía el tintineo de unas llaves. Zenda se sintió incómoda.
-¿No decías que Olegario estaría fuera todo el fin de semana?
-Y lo está -dijo Meli con un gesto tenso- No es Olegario.
-Huy, los suegrísimos -dijo Perla. Meli la miró. Ella y Zenda se encontraban sentadas en el mismo sofá, de espaldas al recibidor, mientras que Perla se había acomodado en un sillón frente a ellas, encarando la puerta. Las dos primeras giraron la cabeza con expectación, a la espera de ver aparecer a los imprevistos visitantes. Durante unos segundos se oyeron unos pasos, unas palabras en susurro, y finalmente los padres de Olegario entraron en escena.
Parecían sorprendidos, aunque su expresión más bien denotaba estupefacción. Zenda se ofendió por aquello. ¿Por qué demonios tenían ellos que escandalizarse de que Meli tuviera visitas? ¿No era acaso la señora de la casa?
En medio de estas elucubraciones, y antes de que nadie pudiese articular palabra, las dos mujeres se volvieron sobresaltadas al oír el grito de Perla. Ésta se encontraba de pie, dando ridículos saltitos, chillando y… completamente desnuda de cintura para arriba. Fingía buscar su blusa, que estaba oportunamente escondida tras el sillón. Mientras hacía aspavientos con los brazos, sus enormes pechos daban botes arriba y abajo.
Meli se puso roja hasta las orejas, sin comprender lo que estaba pasando, mientras que Zenda se tapaba la cara con ambas manos tratando de aguantar la risa, y adivinando las intenciones de Perla.
De repente sonó un portazo. Los padres de Olegario se habían ido.
Perla rompió entonces a reír, derrumbándose en el sillón, mientras que la pobre Meli, a quien avergonzaba tanto la desnudez ajena como la propia, no sabía hacia dónde mirar. Finalmente, entre risas, Zenda le dijo:
-Perla, por Dios, vístete. -La otra seguía deshaciéndose en carcajadas.
Los padres de Olegario no regresaron aquel día.
Ni al siguiente, ni al otro.
Y aunque no devolvieron las llaves, tampoco volvieron a usarlas nunca.
Mar 10
De vuelta a casa, Zenda pensó en el consejo de Meli acerca de no intervenir más en el asunto de Mara.
-Tú ya has cumplido con tu obligación al advertirla -le había dicho- el resto es cosa suya.
Meli tenía razón, aunque claro, a ella le faltaba parte de la información. Probablemente no habría pensado lo mismo de conocer el doble juego del tipo. Aún así, le asaltaban las dudas. ¿Estaba sobrepasando sus competencias como amiga? ¿Existía realmente un límite? ¿Hasta qué punto sus buenas intenciones podían estar incurriendo en la invasión del libre albedrío?
Hizo un recorrido a través de los amoríos que Mara había mantenido a lo largo de los últimos veinte años, y en el papel que ella había tenido que asumir en algún momento de aquellas relaciones. Casi siempre había tenido que salvarla de la quema. Y no habían sido pocas las ocasiones. Mara había sido novia o rollete de una veintena de tíos, había convivido con un par de ellos, y se había casado con uno. Pero lo que todos tenían en común es que cada uno de ellos había sido “el definitivo”.
Sólo con Toni llegó a firmar los papeles, aunque no fue precisamente porque ella le identificara como el hombre de su vida, sino porque la edad ya la apremiaba. Por encima de cualquier cosa, Mara siempre había soñado con un marido, un hombre que estuviese legal y moralmente obligado a acompañarla de por vida.
La relación había sido una versión filmada de lo que para cualquier otro habría sido una novela; una historia transformada en un guión rápido y resumido, en el que todo se producía de una manera espídica. Así, y a los siete días de conocerle por Internet, Mara se citó con él en una cafetería. Aunque ya se habían visto antes a través de la cámara, ella pensó que se imponía un detalle romántico para aquel primer encuentro, así que convino con Toni en que llevaría una rosa en la mano. Él, por su parte, debía llevar un libro.
Lo que Mara no sabía es que el chico no era precisamente un amante de la literatura. Después de afeitarse, ducharse y ponerse gayumbos nuevos, en el último momento se percató de que en su casa no tenía nada que se pareciera al objeto que debía ser su señal identificativa, y así, durante veinte minutos, se estuvo debatiendo entre llevar un cómic de Spiderman, una revista informática o el listín telefónico. Mara se quedó de piedra cuando lo vio aparecer con un ejemplar de las páginas amarillas.
La cita, no obstante, funcionó, y cuatro encuentros sexuales más tarde ya estaban buscando piso. Mara dejó el apartamento que compartía con otras dos amigas, quienes, además de advertirla sobre la inconveniencia de convivir con un extraño, se mostraron bastante contrariadas por tener que asumir su parte del alquiler. Le pidieron que esperase a que otra persona ocupase su puesto, pero ella se mostró inflexible sobre la fecha de su partida, argumentando que “cuando el amor llama, no hay que hacerle esperar”, de modo que hizo las maletas y se trasladó a su nueva casa, un pisito amueblado que ella y su amor habían alquilado en una zona modesta.
A pesar de no aprobar la premura con la que su amiga había tomado tan importante decisión, después de varias semanas de oír cantar alabanzas sobre Toni, Zenda estaba ansiosa por conocerle. Mara le había descrito como un ser sensible, detallista, cariñoso y encantador.
-Tiene unos ojos preciosos, Zenda, y una carita de niño, y un olor tan agradable… ¡Es tan guapo! Tienes que conocerle. Quiero que vengáis tan pronto como lo tengamos todo listo.
-Claro que sí -le había contestado Zenda- Lo estoy deseando.
Esto lo había dicho con los dedos cruzados. Deseaba realmente que la nueva historia de Mara funcionase, pero las experiencias previas no auguraban buenos resultados. De cualquier forma, se alegraba de que su amiga estuviese nuevamente ilusionada, después de la agónica ruptura que había sufrido con su último amante.
Una vez Toni y ella se hubieron instalado, Mara invitó a Noel y a Zenda a una cena de inauguración, en la que además les presentaría formalmente a su romeo.
Era la segunda semana de Diciembre. Las calles estaban iluminadas y el ambiente era ya festivo y agitado, lo que también implicaba más tráfico. Después de dar varias vueltas con el coche, Noel consiguió aparcar a un par de manzanas de la calle en cuestión. Mientras caminaban, Zenda le explicaba lo poco que sabía del nuevo novio.
-Tiene diez años menos que ella, o sea, veinticinco, se llama Toni y por lo que cuenta Mara es un hombre bastante guapo, y adornado con todas las virtudes posibles, por dentro y por fuera.
-Debe serlo, -dijo Noel- a tenor de la prisa que se ha dado en cazarlo.
-Bueno, lo de la prisa no indica nada. Ya sabes cómo es Mara. Cuando se trata de hombres es como una maruja en el primer día de rebajas; No es que esté buscando una cosa en concreto, sólo sabe que quiere llevarse algo pagando lo menos posible, y en cuanto tiene un candidato aceptable, se tira en plancha, arrasando con lo que sea menester.
-Pues esperemos que el novio no sea de saldo. Normalmente vienen con alguna tara.
Llegaron por fin al portal, y Noel pulsó el botón del portero automático. Por toda respuesta, la puerta se abrió de un timbrazo, para darles acceso a un zaguán sombrío que se iluminaba con la triste luz que ofrecía, con más pena que gloria, una bombilla desnuda que colgaba de un cable sucio.
En la puerta del ascensor, un cartel escrito a bolígrafo les invitaba a subir cuatro pisos a pie, bajo la escueta fórmula de “No Funciona”. A la vista de lo ajado del papel, debía hacer ya algún tiempo que los vecinos ejercitaban sus piernas con regularidad. Ambos se miraron con un gesto de resignación y comenzaron la escalada. Resoplando, llegaron al 4º D, y Noel tocó el timbre mientras que Zenda se derrumbaba sobre la pared. Al otro lado se detectó movimiento.
Un tipo rechoncho y bajito les abrió la puerta. Llevaba puesto un delantal, y se quedó mirándoles sin decir nada, como si estuviese esperando un discurso de los Testigos de Jehová. Zenda estuvo a punto de preguntar por los señores de la casa, pero conociendo el poder adquisitivo de su amiga estaba claro que aquél no era el mayordomo. Empezó a temerse lo peor.
-Pasad -dijo secamente.
Tras recuperar la respiración escrutó al individuo, que distaba mucho de parecerse al adonis que su amiga le había descrito. Para empezar, y a pesar del frío, el sujeto recibía a sus invitados con los pies descalzos. Y eso que en la casa no había moqueta. Al hacer un rápido recorrido visual, en la búsqueda del supuesto Brad Pitt que se escondía en alguna parte, Zenda no pudo evitar fijarse en aquel par de pezuñas. Eran probablemente los pies más grandes que había visto en su vida, peludos como los de un oso, y con unos largos dedos rematados por unas uñas que pedían a gritos una sesión de pedicura. Resultaban especialmente grotescos por lo desproporcionados en relación con el cuerpo del muchacho, que no debía superar el metro sesenta y cinco de estatura, pero que resultaba suficiente para albergar unos cien kilos de peso.
Las escasas dudas que aún conservaba sobre la identidad del individuo desaparecieron en cuanto Mara se incorporó a la escena, rodeando con sus brazos a la versión en pasta del amo de casa, y presentándolo inmediatamente como “su Toni”. Después del ritual de besos y abrazos pasaron al interior.
La entrada a la vivienda era estrecha y oscura. Mara explicó que faltaba la bombilla del recibidor, aunque en realidad también faltaba la lámpara. A instancias de los anfitriones, hicieron un pequeño recorrido por el piso.
Lo primero que vieron fue la cocina, un habitáculo minúsculo y cochambroso en el que apenas cabían dos personas. Los escasos muebles, que se adivinaban blancos, estaban desvencijados, y algunos incluso habían perdido los tiradores de las puertas. A Zenda se le antojó que aquella cocina parecía una de esas escenas de película en las que se evocaba un recuerdo lejano, porque todo el conjunto se hallaba envuelto en una espesa niebla. El motivo se hallaba en el fuego; Sobre un destartalado fogón, una olla de acero despedía una abundante nube de vapor, que provocaba el baile de una tapadera de aluminio.
-Es la cena -dijo Mara- Toni va a hacer hoy su salsa especial. Ya veréis.
La vivienda en general presentaba ese aspecto mixto y descuidado propio de los pisos de alquiler cuyos propietarios carecen del más mínimo sentido de la decencia, el decoro o el ridículo. Para empezar, las habitaciones eran inusitadamente pequeñas. En ellas apenas encontraban hueco los mínimos muebles necesarios para hacerla habitable, y acceder a algunos de ellos, por ejemplo a la cama, requería de cierta habilidad física. Además, la decoración era una mezcla imposible de arte minimalista y kitsch. Así, unos delirantes estampados, que parecían la obra de un hippie extemporáneo, se desplegaban sobre un viejo papel pintado que vestía las paredes del dormitorio principal, mientras que una mano de pintura blanca demasiado aguada convertía la habitación contigua, que por todo mobiliario tenía una vieja mesa plegable y una silla, en una especie de dispensario de posguerra.
Pero lo que realmente indignó a Zenda fue el habitáculo que ejercía de cuarto de baño, un cuchitril en el que los aparatos sanitarios se disputaban tres metros cuadrados de espacio, retando al usuario a buscar un modo de utilizarlos sin menoscabo de su integridad física. Se adivinaba que la colocación de lavabo, bidé, retrete y placa de ducha había constituido un reto para el arrendador, quien sin duda era todo un experto jugando al Tetris.
Después de una corta visita que había llevado a Zenda de vuelta a los años setenta, los cuatro pasaron al salón, la única estancia medianamente amplia de la casa, en la que un enorme sofá de flores marrones y amarillas los recibía a gritos. El mobiliario era tremendamente cutre, pero al menos se observaba que Mara había tratado de poner su toque personal. Zenda reconoció algunos objetos que llevaban con ella bastante tiempo: Quemadores de esencias, minerales, palmatorias y figuras que habían decorado su dormitorio cuando aún vivía con sus padres.
-Todavía necesita algunos arreglos -explicó Mara- pero tenemos lo principal.
Miró a Toni y añadió: “Mucho amor”.
Con una sonrisa piadosa, Zenda deseó mentalmente que el amor fuese de veras suficiente para Mara, porque, más que arreglos, la vivienda precisaba de la visita urgente de un bulldozer.
-La cena estará lista enseguida -dijo Toni. -Voy a terminar la salsa.
Mientras el joven estaba en la cocina, Mara inquirió:
-¿Y bien?
Zenda se quedó en silencio. Sabía muy bien lo que su amiga le estaba preguntando, pero necesitaba tiempo para confeccionar una frase amable. Aquel lugar era horrible, desde el portal hasta el dormitorio, y aún no había tenido tiempo de descubrir los encantos ocultos de Toni, que ansiaba encontrar con rapidez, para poder decir algo sobre él que hiciera irrelevante su tosco aspecto.
-Es encantador -dijo finalmente, sin atreverse a especificar si se refería al piso o al novio. No sabía cuál de las dos cosas hubiera sido una mentira más gorda.
Adivinando su debatir interno, Noel se apresuró a cambiar de tema, inquiriendo acerca de algunas cuestiones domésticas, en las que pudieron sumergirse hasta que Toni anunció que ya podían sentarse a la mesa.
Para pasmo de Zenda, que siempre cuidaba las formas hasta el extremo, el chico se presentó en el salón con la olla de acero, que soltó con cierta contundencia sobre la mesa. Entonces sacó un cazo, con el que sirvió a los comensales lo que parecían ser Spaghetti con salsa de tomate.
Mara sirvió el vino y brindaron.
Empezaron a comer, y entonces Zenda tuvo una horrible revelación; la salsa especial de Toni no era sino ketchup en cantidades ingentes. Ella odiaba el ketchup, y la pasta se encontraba sumergida en un profundo pantano rojo.
-Es una innovación de Toni -explicó Mara- fríe cebolla y encima le vierte dos botes grandes de ketchup. ¿A qué es original?
Zenda sonrió con indulgencia, asintiendo mientras trataba de tragarse la pasta. Noel parecía divertido. Sabía que su chica detestaba esa salsa dulzona, como también sabía que no iba a hacerles un feo a sus anfitriones expresando su disgusto. Ambos se miraron y él tomó su copa en un gesto de brindis. Zenda lo fulminó con la mirada.
Estaba enrollando despacio los spaghetti, procurando que en su rostro nada denotase la aversión que sentía por aquel hermano bastardo del tomate, cuando se percató de que en la mesa se producía un espectáculo que desde luego habría eclipsado cualquiera de sus gestos.
Sentado junto a Mara, Toni engullía la pasta con fruición, envolviendo el tenedor en cantidades excesivas que a duras penas conseguía introducirse en la boca. Mientras masticaba, y para no perder el tiempo, untaba trozos de pan con paté de hígado que Mara había servido en una bandejita, y los colocaba en su plato, para tragarlos de un solo bocado apenas la pasta le dejaba un huequito en sus fauces. A ratos, sorbía el vino, y aprovechaba la mano libre para colocar más pan sobre los spaghetti, como queriendo asegurarse el abastecimiento cual acaparador en época de estraperlo.
Pero por lo visto aquella deglución masiva no era suficiente. En un momento dado, el chico se levantó y fue a la cocina, de la que volvió portando una pieza de embutido. Al parecer era una barra de fuet. La cortó por la mitad, dejando un trozo sobre la mesa, y comenzó a darle mordiscos al otro con piel incluida. La sostenía con la mano izquierda, y con la derecha seguía enrollando la pasta. Todo esto iba acompasado de un desagradable sonido, una especie de gruñidos que emitía por la nariz; Toni estaba sorbiendo mocos, o tal vez algo peor. Fuera lo que fuera, pretendía salir por sus fosas nasales, pero él no se lo permitía.
Zenda estaba perpleja y asqueada, y no sabía qué hacer para evitar una visión que le estaba produciendo amagos de arcadas. Aquella cena se le estaba haciendo interminable. Afortunadamente, la ingesta masiva y frenética de Toni puso fin a las viandas enseguida, y Zenda consiguió sobrevivir al trance.
Pasaron al sofá, mientras que Mara ponía una bandeja con turrones y mazapanes sobre una mesita. Sus anfitriones se sentaron frente a ellos.
Toni estaba descorchando una botella de cava cuando Zenda reparó en aquella cosa.
Frente a ella, y sobre un mueble similar al de una vieja máquina de coser, se erguía lo que parecía ser un árbol de navidad. A Zenda le encantaba la navidad, y todos los años colocaba en su casa un belén y un enorme árbol, que decoraba con centenares de luces y finos adornos de cristal, algunos de los cuales se remontaban a su más tierna infancia. La mayoría de sus visitas se quedaban admiradas de su obra, en la que empleaba más de cuatro horas. Para ella era una tradición importante.
Sin embargo, Mara y Toni no parecían compartir su entusiasmo, o al menos carecían de su sentido del detalle. El escuchimizado proyecto de árbol navideño que se mostraba ante ella plantaba sus escasos encantos en lo que parecía ser una demostración de denuncia social o algo parecido. El abeto no debía medir más de ochenta centímetros, y en sus pelonas ramas artificiales, que acusaban haber conocido tiempos mejores, una escasa media docena de adornos se repartían el espacio ampliamente. Pero lo que realmente llamó la atención de Zenda fue la colocación de la solitaria tira de luces que lo iluminaba. Al parecer, tratando de aprovechar el único enchufe disponible, el cable había sido orientado desde abajo hacia arriba, con lo que la parte que ya no disponía de bombillas salía por la copa del árbol tras haberlo estrangulado en una simple espiral de corto recorrido. Aún así, la distancia entre la toma de corriente y el mueble resultaba demasiado extensa para la longitud de la tira de luces, las cuales, además de producir un extraño chirrido al encenderse y apagarse, obligaban al árbol a inclinarse por la parte superior. Sometido a la tiranía del cable, el pobre abeto se asemejaba a una especie de ramo de flores mustio, que con cada nuevo crepitar lumínico parecía suplicar que pusieran fin a su agonía.
Salió de su abstracción para tomar un poco de cava. Al inclinarse para coger su copa, Toni, que se hallaba sentado en el otro sofá, cruzó las piernas, lo que permitió a Zenda tener un encuentro tan inesperado como desagradable.
Frente a ella, y a medio metro escaso de su nariz, una enorme planta desnuda del número 45 ofrecía a los dos invitados todo un muestrario representativo de cualquier cosa que se hallase depositada en el suelo de la casa, en forma de un pastiche hecho a base de pelos, pelusas y manchas de origen tan desconocido como inquietante. Mientras hablaba, copa en mano, el ennegrecido pie del tipo se balanceaba arriba y abajo, provocando que un pequeño trozo de lo que parecía ser un spaghetti aplastado se cimbrease peligrosamente, en un intento de suicidio hacia la bandeja en la que se encontraban los dulces.
Antes de que tal cosa pudiese ocurrir, Zenda se levantó bruscamente, excusándose para ir al baño. Tuvo el tiempo justo para cerrar la puerta tras de sí y echar la pota.
Al menos no tendría que digerir el ketchup.
Mar 10
“La verdad es una sinfonía que parece embelesar únicamente a quien la ejecuta, pero que chirría en los oídos del que ha de escucharla. Nos convierte a todos en malos músicos y pésimos oyentes”.
Zenda estaba dándole vueltas a un nombre que no conseguía recordar. ¿Cómo era…? Ah sí, Garabito. Noelia Garabito.
Le resultaba curioso cómo algunas personas y hechos podían quedarse grabados en la memoria, aún después de muchos años.
Noelia Garabito había compartido con Zenda toda la educación primaria. Se trataba de una chica rubia, gordita, y con unos preciosos ojos azules. A Zenda le encantaban los ojos azules, y se le antojaba que aquella niña tenía aspecto de angelito gordo de pintura antigua, con esa cara redonda y blanca en la que siempre se arrebolaban unas mejillas rojas como un par de manzanas.
Ella y Noelia no eran íntimas, ni mucho menos, tan sólo compañeras de desgracia en la fastidiosa obligación de acudir a clase, si bien, además de verse en el aula, iban al colegio en el mismo autobús escolar, por lo que su presencia formaba parte de la rutina vital de Zenda, en esa época de la vida en la que cada pequeño detalle es tan importante.
El suceso que motivara la búsqueda mental del nombre de la niña, después de tanto tiempo, había sido precisamente aquella reflexión sobre la verdad que ocupaba ahora a Zenda, y que la había llevado al recuerdo de un ocho de enero de hacía más de veinte años.
La Navidad había terminado, lo que para Zenda suponía toda una tragedia. Era su época favorita del año, con todo ese despliegue de luces, canciones, regalos y dulces. La vivía envuelta en un halo de ilusión y magia, más o menos como todos los niños, sólo que a ella el fin de aquella fiesta la sumergía en una depresión que, a sus diez años, le venía grande.
Aquel día, como era tradición, las niñas podían acudir a clase portando uno de los juguetes que les hubiesen traído los Reyes Magos, y el autobús parecía una fiesta.
La señorita Conchi, una chica larguirucha y escuálida, trataba de poner orden entre toda aquella algarabía. Todas las niñas parecían estar encantadas. Se abrazaban y besaban, y enseñaban a sus mejores amigas el juguete que habían traído.
Zenda ocupó su sitio, apretando a Daniela contra su pecho. Era una muñeca pequeña, con una sonrisa preciosa y unos ojos que casi parecían vivos. Se aferraba a ella como si con ello pudiese retener la magia de la Navidad. Su teoría era que el espíritu navideño se quedaba con uno tanto tiempo como los juguetes olían a nuevo. Y de vez en cuando aspiraba el olor de su muñeca, con cuidado de no hacerlo con demasiada intensidad, para que siguiese conservando esa esencia de magia.
Una vez que la última niña se hubo sentado, el autobús reanudó la marcha, y fue entonces cuando recordó que su madre le había dado el dinero para pagar la cuota del transporte. Se levantó y se dirigió a la parte delantera para dárselo a la señorita Conchi, y fue entonces cuando presenció aquel acto deleznable.
En el pasillo, a la altura de los primeros asientos, Julia Garrido, la niña más mayor del autobús, recorría las filas divulgando algún chisme. Zenda no era para nada cotilla, y ni se habría fijado en aquel suceso de no ser porque, cuando Julia se alejaba de cada par de asientos, las más pequeñas comenzaban a llorar desconsoladamente, y ella se marchaba con una sonrisa triunfante hasta la siguiente fila. Así, había conseguido que un tercio del autobús estuviera desolado y sorbiendo mocos.
Zenda, consternada por el llanto de las niñas, terminó por acercarse hasta Julia, intrigada por la naturaleza de su proceder, para comprobar con horror en qué consistía su vileza.
No podía creerlo: La Garrido estaba quebrantando el juramento más sagrado entre los niños grandes; les estaba contando a todas quiénes eran los Reyes Magos.
Zenda le tiró de un brazo indignada, recriminándole su actitud, pero Julia era una niña grandota, al contrario que Zenda, mucho más pequeña de lo que correspondía a su edad. Se zafó de ella fácilmente, arguyendo que si a ella le habían fastidiado el misterio, por qué leches iba a dejar que las demás siguieran ilusionadas.
Era como una especie de venganza. Según supo más tarde, Julia, que ya contaba doce años de edad, había sido sacada casi por la fuerza de su burbuja infantil, en la que su padre viudo la había mantenido durante demasiado tiempo, pero que se rompería a instancias de la nueva esposa, una madrastra no deseada con la que se llevaba a matar. En represalia por su propia desdicha, había decidido robar la navidad a todo el mundo.
El periplo destructivo de la resentida púber se encontraba ya en su ecuador cuando llegó a la altura de Noelia Garabito, quien reaccionó de una manera tan inesperada como contundente. Como si conociera el siniestro propósito de aquel monstruo con uniforme de cuadros, Noelia se tapó rápidamente los oídos con ambas manos, y antes de que la malvada Julia pudiese articular palabra, comenzó a recitar en tono rotundo, clamoroso e insistente:
-¡¡¡No te escucho cara cartucho, no te escucho cara cartucho, no te escucho cara cartucho…!!!
La Garrido trató de separarle las manos de las orejas, pero Noelia Garabito era una niña corpulenta, de aspecto inofensivo, pero con la capacidad física de aplastarte con una mano. No fue tal lo que hizo, sino que persistió en su obstinada cantinela, que por momentos aumentaba de tono. Zenda, por su parte, observaba toda la escena con estupefacción, animando mentalmente a la oronda rubita.
Finalmente, la lucha de las dos niñas consiguió llamar la atención de la señorita Conchi, quien se aprestó a separarlas, y a mandar a la perversa Julia a su asiento. Noelia estaba, si cabe, aún más roja que de costumbre, y se quedó mirando a Zenda, que permanecía aún en mitad del pasillo, aliviada de que el peligro hubiese desaparecido, aunque lamentando la irreversible devastación causada entre las otras niñas por el rencor de Julia.
Apenas tres años más tarde, y cuando ya las niñas concluían su educación obligatoria, en una fiesta de despedida Zenda se había acercado a Noelia, y en el transcurso de una conversación había sacado a relucir el suceso acaecido años atrás.
Noelia se sonrió pensando en aquello.
-Ya no me acordaba -dijo- menuda memoria tienes.
-Pues yo jamás lo he olvidado. Me alegré mucho de que aquella niña odiosa no te revelara el secreto.
-Yo ya lo sabía, Zenda -dijo Noelia. La otra se quedó sorprendida. – Mis padres eran muy descuidados. Siempre se dejaban los paquetes a la vista, o hablaban de ello como si yo fuera sorda. Lo supe a los seis años.
Zenda no comprendía nada.
-Entonces… ¿por qué no querías escucharlo?
-Bueno, en cierto modo es como si, al no ponerle palabras, no fuese verdad. A veces sabes algo, pero te das cuenta de que es mejor no saberlo. Es más fácil ignorar lo malo si nadie te obliga a oírlo, y al menos la ilusión dura más tiempo.
La sencillez con la que Noelia había expuesto sus razonamientos, su convicción de las ventajas de permanecer en la ignorancia de una verdad que nos oprime, habría de producir en Zenda sentimientos contradictorios. ¿Cuál era la actitud adecuada?
La reacción de la malvada Julia Garrido ante una realidad que la disgustaba había sido la de bombardear con ella a los demás, propagando su amargura. La de Noelia, por su parte, había consistido en la decisión de ignorar dicha realidad tanto como le fuera posible.
En cualquier caso, ya desde pequeños apuntamos maneras. Casi con toda seguridad, la dulce Noelia Garabito seguiría tapándose los oídos. Tal vez tenía un marido infiel al que no hacía preguntas, o les arrancaba las etiquetas a los pantalones para no ver la talla que usaba, quién sabe. Pero la realidad, a fin de cuentas, es que en tal caso seguiría siendo gorda o cornuda, tanto si lo aceptaba como si no.
Se le antojó que Mara habría tenido una infancia parecida. O al menos había aprendido a eludir la realidad con una maestría asombrosa.
-Es natural -le dijo Perla- Nadie quiere saber quiénes son los Reyes Magos.
-Es distinto -replicó Zenda- Creer en los Reyes Magos, o en Santa Claus es una fantasía inocua, que no daña a nadie. Y a fin de cuentas, tanto si lo sabes como si no, por la mañana el salón estará lleno de juguetes. Pero Mara está viviendo una ilusión irrealizable, porque su Papá Noel, lejos de dejarle regalos, ha venido a saquear su casa.
-Sin embargo, pese a tus buenas intenciones, para ella tú eres la niña perversa del autobús.
Era cierto. Como si de Julia Garrido se tratara, en el asunto de Mara Zenda había pretendido mostrarle una realidad que ella no quería ver. La obsequiaba con la verdad desnuda, pero su amiga no quería tal regalo. Y la manera de rechazar tan delicado presente se asemejaba bastante a la actitud de Noelia Garabito.
Después de algunas semanas de bordear con diplomacia el espinoso asunto, y harta de oír cantar las alabanzas de Jonathan José, Zenda había optado por evitar a Mara todo lo posible, y eso incluía ignorar sus interminables llamadas telefónicas, verdaderos discursos de euforia en los que Zenda apenas conseguía introducir monosílabos de falsa aceptación.
Durante varios días el teléfono sonó con insistencia, y Zenda se sentía fatal por no cogerlo, pero había determinado que prefería eludir a su amiga a colaborar en la fabricación de aquella gran mentira. Sin embargo, no podía ni quería terminar así su relación con ella. Al final, acabó por contestar.
Tras aguantar durante diez minutos una nueva demostración de auténtico fervor hacia el dios viviente del reino del sol, y en un último intento de redimir a su amiga, Zenda volvió a exponerle su postura, ya sin ambages, y añadiendo, además, su conocimiento fehaciente de que la proposición matrimonial del individuo se había producido de manera simultánea hacia más mujeres, que no tenían en común sino un DNI emitido en España.
Furiosa, y antes de dejar que terminara de explicarse, Mara la interrumpió, atropellándola con una colección de improperios digna de las batallas verbales de su infancia.
Intuyendo una realidad demasiado fea, y atribuyendo a Zenda una maldad que sabía que no tenía, la airada enamorada se desplegó en toda una letanía de insultos, coronados por unos augurios nefastos y un deseo ferviente de desdichas para su atónita amiga.
Mara colgó bruscamente, y Zenda se quedó con el auricular en la oreja algunos segundos, mientras el aparato le regalaba una melodía que le resultó terriblemente familiar:
Con un soniquete impertinente, el teléfono le cantaba: “No te escucho cara cartucho, no te escucho cara cartucho, no te escucho cara cartucho…”
Mar 11
-El amor es una gilipollez inventada por los curas para justificar la lujuria animal que en realidad sentimos. Nos relacionamos para fornicar, nos comprometemos para garantizarnos la compañía, y luego tenemos hijos porque “es lo que toca”. Al final, un día miras a tu alrededor, y te encuentras en un escenario completamente distinto al que habías imaginado de pequeño; Ya no eres el protagonista de tu historia, sólo una víctima más de un engaño bien orquestado entre la naturaleza y la sociedad. Los auténticos protas son esos pequeños monstruos tiranos, esas bocas enormes que sólo se abren para engullir y exigir, y que, según tu pareja, son hijos tuyos.
Y entonces, te miras en el espejo y te preguntas quién es el calvorota ése de mierda que te mira con cara de pavo.
Es todo una conspiración. De pequeño te dicen que tienes toda la vida por delante, y cuando vienes a darte cuenta, la tienes por detrás, y encima, dándote por culo.
Zenda miraba a su amigo, dibujando en su rostro una mezcolanza de ternura y consternación que se traducía en una sonrisa suave. Perla, en cambio, se reía abiertamente. A ella le parecía que ese tío era el pupas.
La frustración de Mario no provenía exclusivamente de sus constantes desaciertos en el amor; Otras muchas facetas de su vida también iban de culo. Según él, de pequeño lo había mirado un tuerto; es más, a menudo, entre refunfuños, comentaba que a la matrona que asistió a su madre a buen seguro le faltaba un ojo, porque aquello -se lamentaba- había comenzado nada más nacer.
Pequeñito, delgado y con una lustrosa calva rematando su cabeza, Mario era la apariencia misma de la “poca cosa”, según palabras de Perla. Arropado en exceso por una madre que quería compensarle por su espíritu desdichado, su infancia había transcurrido entre los juegos solitarios propios de un hijo único y los pescozones propinados por Alfredo Cascales, alias “el Tarugo”, un niño de su clase que parecía experimentar una violenta reacción alérgica a su presencia, y que se traducía en ocasionales hostias “por mirarme” “por no mirarme”, o, simplemente, “por existir”.
“El Tarugo” era un repetidor, lo que ya de por sí le convertía en un individuo a evitar, pues, con dos años más que el resto de la clase, estaba provisto de mayor malicia, pero se daba la circunstancia, además, de que era especialmente corpulento. No ya gordo, no ya alto, simplemente enorme. Su mala leche hacía de cualquier niño un buen objetivo, pero Mario sentía que aquella desdichada circunstancia formaba parte de su particular mal de ojo.
La realidad era que Mario se empeñaba en explicarle al Tarugo, con argumentos científicos y palabras enrevesadas, el origen de su agresividad, y cómo canalizarla. Todo eso lo había leído en algunos de los muchos libros que devoraba, y tenía la ingenua pretensión de conseguir con sus explicaciones que aquel tipo dejara de zurrarle, pero el efecto era completamente el opuesto; al tal Alfredo Cascales le daba igual de dónde provenía su mala uva, y cada vez que Mario le exponía sus razonamientos sólo conseguía llevarse otra castaña.
Tres años duró la insufrible convivencia escolar con aquel matón, pero a Mario le pareció que fueron treinta.
Por fortuna, le perdió la pista cuando terminó la educación obligatoria. Sintió como si, por primera vez, hubiese conseguido vencerle, ya que, al concluir el último curso, El Tarugo volvió a repetir, y Mario pudo, así, recrearse en una escena, absolutamente onírica y privada, en la que, triunfante, se elevaba a los cielos portando un pergamino, -su certificado escolar- que blandía con la misma pose gloriosa con la que los atletas vencedores elevan su trofeo, mientras que un cada vez más diminuto Alfredo Cascales lo contemplaba atónito, desde el suelo, y desaparecía de su vista como una hormiga en la arena.
Esta liberación supuso un alivio para la atormentada moral de Mario, que logró así cursar el Bachillerato con la sensación de que su vida no era tan mala. A pesar de todo, aquel matón le había hecho un favor, aún sin saberlo.
Algunos años después, y tras obtener el título de Bachiller, Mario sorprendió a su familia anunciando que quería ser actor. Su aspiración era interpretar a los clásicos, y convertirse en una estrella del drama. Al parecer, había descubierto esta vocación al participar en una obra del instituto, en la que había tenido ocasión de recitar unos fragmentos de “Macbeth”.
Naturalmente, sus padres se opusieron a lo que consideraban un disparate, y le instaron a estudiar algo más práctico. Las negociaciones posteriores les llevaron a convenir que Mario estudiaría empresariales, y que, en tanto aprobase, durante el verano podría matricularse en cuantos cursos de interpretación, dicción y expresión corporal fuesen de su agrado.
Como era un chico aplicado, acabó pronto sus estudios, y durante un tiempo se dedicó a participar en pequeñas obras, tales como pasacalles infantiles, actuaciones en fiestas de barrio y recitales en residencias de jubilados. Nunca cobró un duro, y tampoco es que le fueran pidiendo autógrafos por la calle, pero, como quiera que tampoco hallaba trabajo de contable o similar, al menos podía envolver su realidad en algo de glamour, presentándose a sí mismo como un “actor en paro”.
Aunque buscaba trabajo de lo que fuera, seguía empeñado en desarrollar su carrera artística, y todos los días se empapaba de las ofertas de trabajo del periódico, en la esperanza de que su gran oportunidad apareciera. Fue así como, respondiendo a un anuncio en el que se pedían personas con “expresividad corporal”, acabó trabajando para “La Sombra”, una empresa de cobro de morosos.
Como en todas las empresas de su clase, el sistema de La Sombra se basaba en entrenar a una serie de empleados para que persiguieran a los deudores, previo compromiso con la empresa acreedora. Su labor la desempeñaban ataviados, como suele ser habitual, con una vestimenta peculiar, en este caso, de “sombra”.
En efecto, la firma proveía a los trabajadores de un uniforme consistente en unas mallas, un jersey ceñido y un pasamontañas, todo ello negro. Eran una especie de mimos, que caminaban a una distancia prudencial de su objetivo, imitando sus movimientos. Probablemente el disfraz era menos vistoso que los de otras empresas, pero su éxito estribaba en dos pilares fundamentales: El primero, que al imitar los movimientos de la persona, todo el mundo sabía quién era el moroso, aún cuando estuviera entre mucha gente, y el segundo, y tal vez más importante, que todo el mundo detesta que le imiten.
Para disgusto propio y de su familia, Mario se paseaba por la calle vestido de sombra, y sombra se sentía. Percibía que aquello era todo lo lejos que iba a llegar en su carrera artística, y la visión de su propia imagen, reflejada en el espejo, se le antojaba la perfecta ilustración de lo que era su vida. Sus conocidos, en cambio, encontraban todo el asunto de lo más cómico, y le llamaban jocosamente “El Fantomimas”, un cruce entre pantomima y Fantomas, el famoso criminal, que en los cómics y películas también vestía de negro.
Dos años llevaba Mario paseando su palmito, enfundado en las mallas, y rascándose la nariz y el culo cada vez que su moroso lo hacía. Algunos se tocaban las gónadas obscenamente, tratando de desanimar y poner en fuga a su sombra. Mario cumplía entonces como un campeón, y se agarraba igualmente las pelotas, provocando las risas de cuantos le rodeaban. En estos casos, el pasamontañas se convertía en su mejor aliado. Correcto y discreto como un luto, Mario detestaba las ordinarieces, pero, sacando al actor que llevaba dentro, se ajustaba a las exigencias del guión, para desesperación de sus perseguidos. Algunos le increpaban, otros trataban de escabullirse, y otros, simplemente, le ignoraban, aunque también los había peligrosos.
En una ocasión, Mario se llevó un estupendo puñetazo en la cara, de la mano de un deudor con poco sentido del humor, que al parecer llevaba semanas siendo perseguido por distintas sombras. Posiblemente fue cuestión de mala suerte, o tal vez el individuo esperó a tener una sombra poco corpulenta, aunque para Mario, naturalmente, la explicación estaba en la maldición de la comadrona tuerta.
En cualquier caso, el agresor fue imputado en un delito de lesiones, y un año y medio más tarde se producía el juicio, en el que varias personas declararon como testigos del suceso. Visto para sentencia, Mario se sentó en un banco del juzgado.
Estaba en un bonito patio iluminado por un gran tragaluz. Era un edificio antiguo, restaurado y reconvertido en sede de los Juzgados y del Registro Civil. Las baldosas eran blancas y negras, dispuestas en ajedrez, y había Kentias y palmeras en las esquinas. Era un lugar agradable y luminoso, y Mario decidió relajarse un momento. Se apoyó en la pared, con la vista puesta en el cielo.
Allí estaba, mirando los grandes cristales, cuando una chica menuda y vestida de negro se le acercó para preguntarle la hora.
Fue así como conoció a Zenda.
Ella había acudido para asistir como intérprete a un ciudadano británico, acusado de un delito de narcotráfico. Se puso a charlar alegremente con el desconocido, y entonces le preguntó por su presencia allí. Mario relató entonces su experiencia, y Zenda le escuchaba con sorpresa y un gesto divertido.
-Me estás vacilando. -le dijo ella, que no había oído jamás hablar de “La Sombra”.
-En absoluto -se estiró el otro- Trabajo como sombra, y es un empleo muy digno y honrado.
Zenda se apresuró a explicarle que para nada había pretendido insinuar que su trabajo fuese indigno, sólo original y divertido. Mario la escrutó, tratando de encontrar sorna en sus palabras, pero no percibió tal en absoluto; la chica parecía realmente fascinada.
Para Zenda, cuyo concepto del éxito profesional iba más allá de las ganancias económicas o el reconocimiento social, tener un trabajo original daba caché. Ella misma se consideraba afortunada, aunque ganase una miseria, porque su trabajo la llevaba de un sitio para otro, y le permitía conocer historias y personas fascinantes.
Detectando auténtico interés en su interlocutora, Mario comenzó a explayarse en los pormenores de su labor, relatando las situaciones rocambolescas en las que se había visto envuelto, y provocando a ratos las carcajadas de Zenda. Cuando tuvo que marcharse, Zenda le propuso tomar algún día una copa, en la esperanza de hacer un nuevo amigo de aquel tipo tan extraño.
-Soy homosexual -se apresuró a decir el otro.
-Yo no -respondió Zenda con una sonrisa. -Por eso tengo novio. -Luego añadió: -Sólo quería tener la oportunidad de volver a charlar contigo.
-Me parece bien. Yo sólo quería dejar las cosas claras desde el principio.
Tratando de quitar tensión a la situación, añadió:
-¿Está bueno tu novio?
Zenda rió, y prometió presentárselo si acudía a la cita. Dos días después, Noel y Perla conocieron a Mario en el Baviera.
Mar 11
“A lo largo de nuestra vida buscamos incesablemente la suerte, y nos lamentamos de su ausencia si no nos tropezamos con ella. Sin embargo, cuando la Fortuna nos sonríe, raramente nos acordamos de devolverle la sonrisa”.
Zenda conocía a unas cuantas personas con suerte. De ésas a las que todo les venía dado, ya fuera gracias a las extremas atenciones de la gente de su entorno, o de misteriosa forma natural.
Estas últimas eran las que más rabia le daban; las que estaban siempre, inexplicablemente, en el lugar adecuado en el momento preciso. Las detestaba.
Su exasperación no podía justificarla la simple envidia; Lo que le causaba fastidio no era la ventura ajena, sino el hecho de que estas personas rara vez admitían tener suerte. Su constante bonanza la achacaban al talento natural, aún cuando éste fuera inexistente, e interpretaban el amable devenir de su existencia como un hecho lógico, algo que ganaban por sus propios méritos, o una especie de derecho de nacimiento. Y nunca, nunca, se mostraban agradecidos por ello; Simplemente lo merecían.
Por asociación, estos seres dotados de buena estrella tendían a pensar que, aquellos menos afortunados, sencillamente no se ganaban su prosperidad, no eran lo bastante inteligentes o trabajadores, o bien habían hecho algo para merecer su infortunio.
Y esto, precisamente esto, era lo que rebotaba a Zenda.
Porque, a la circunstancia de que conocía íntima y personalmente a algunos de estos sujetos, se sumaba la de que ella no había gozado nunca de especial buena suerte.
Tampoco es que se considerara Calimero. Tenía lo que tenía, luchaba por ello, se abatía cuando no conseguía sus objetivos y se volvía a levantar después del golpe, porque, a fin de cuentas, no le quedaba otra. Pero no podía evitar frustrarse cuando escuchaba a algún miembro del “club de la buena estrella” criticar a los que, por la razón que sea, no levantaban cabeza.
Especial irritación le causaban los comentarios veladamente acusatorios, del tipo “fíjate en tu prima, ella tiene un buen trabajo, porque se lo ha ganado” (y tú no), a sabiendas, por ejemplo, de que la chica en cuestión tenía en la empresa un padrino que ni Don Vito Corleone.
Al final, la moraleja silenciosa del urticante comentario era, invariablemente, “tú no lo mereces”. Y se la llevaban los demonios.
Esta reflexión sobre la buena y la mala suerte la había motivado un encontronazo con Nico, un antiguo conocido que despertaba la peor de sus inquinas.
A Nico lo había conocido hacía ya varios años. Era de esas personas que creías haber visto antes en otra parte, y en cierto modo podía ser así. Nico era todo un personaje en la ciudad. Para empezar, se trataba probablemente del tío más feo que se había cruzado en su vida; Nariz prominente, gafas de concha, boca hundida sobre una desafiante barbilla, y un escaso pelo que comenzaba su andadura por la cabeza más atrás de lo deseable, dejando a la vista una extensa frente que se aventuraba por días en un más que probable viaje hacia la coronilla.
Podría pensarse, a tenor de su aspecto, que Nico era un pobre desgraciado, pero nada más lejos de la realidad. De entrada, gozaba de un gran éxito social, y además ligaba muchísimo; Siempre estaba rodeado de mujeres, cosa bastante inaudita a primer golpe de vista, pero que resultaba comprensible una vez que comenzaba a hablar, pues de su pequeña y escondida boca, florecía, rodeada de aparente gracia espontánea, toda suerte de retórica, adornada de un humor sarcástico, y salpicada de breves requiebros a los dones femeninos que siempre terminaban en un chiste; La medida justa para no ser demasiado ácido ni demasiado empalagoso. Era una fórmula tan exacta, que se diría había sido desarrollada en un tubo de laboratorio.
Con palabras y frases hábilmente ensayadas, este individuo que había tenido la oportunidad de recorrer medio mundo, ofrecía a cualquiera que pululara en torno suyo un extenso repertorio de frases sentenciosas y pensamientos agudos, envueltos en una vis cómica que sabía bien surtía efecto al conjugarse con su bufo aspecto.
Su discurso era, cuando menos, fascinante, teniendo además la habilidad de cortar con público sarcasmo a cualquier parroquiano que, aportando algo divertido o inteligente, amenazase con restarle protagonismo. Como castigo al conato de ingenio, Nico enarcaba una ceja y ejecutaba su sentencia de manera cruel e inmisericorde. Por lo general, en una reunión, quien resultaba humillado por una frase de Nico rara vez se atrevía a volver a abrir la boca. Era el precio a la osadía de intentar hacerle sombra.
En lo laboral, diríase que había sido bendecido por el propio San Pancracio, ya que no sólo no había pisado jamás las oficinas del INEM, sino que además tenía la dicha de trabajar usualmente en proyectos de su gusto e interés, desarrollando a un tiempo más de una actividad profesional, lo que le permitía mantener un estatus económico bastante por encima de la media.
Licenciado en filología inglesa, Nico trabajaba bastantes meses al año como profesor de idiomas en una academia, y combinaba la actividad ocasional como administrativo en el negocio de su padre con su afición al teatro, la cual había llevado hasta lo profesional, a través de algunos oportunos contactos que le habían permitido introducirse en los vericuetos de la empresa pública, para desarrollarse como monitor de artes escénicas, animador turístico y hasta guía en exposiciones temporales, en las que aparecía disfrazado bien de califa bien de romano, dependiendo de la necesidad. Igualmente favorecido por conocidos de la familia, había participado en un spot publicitario disfrazado de galleta. La cara no se le veía, y tampoco pronunciaba frase alguna en el desarrollo del anuncio, pero la experiencia había sido suficiente para alimentar el ya inflamado ego de Nico.
Además, de mala gana y aportando una pequeña cantidad, había accedido a convertirse en socio al cincuenta por ciento de un tugurio situado en una de las peores zonas de la ciudad, pero que al poco tiempo se pondría de moda, al entrar a formar parte de un proyecto de regeneración del casco histórico, y quedar ubicado, sin moverse del sitio, en el núcleo de “la ciudad de los artistas”, una demarcación destinada por el ayuntamiento a locales de artesanía, turismo y tabernas con encanto. El local en cuestión no era más que un bareto de mala muerte, acondicionado con una capa de pintura y muebles rescatados y restaurados, una inversión mínima que se vería ampliamente recompensada con la entrada asidua y en tropel de todo aquel que quisiera considerarse “en la onda artística”. Estaba siempre a tope.
No había que ser ni siquiera envidioso para sentir cierto fastidio ante un sujeto que, sin realizar especiales esfuerzos, se encontraba siempre con la suerte de cara, y que, con una sonrisa jactanciosa en su repelente careto, se paseaba por la vida recogiendo ofrendas florales y saludando a lo reina Sofía.
A Zenda le fascinó desde el principio. Ella admiraba el ingenio, y el de Nico se desbordaba por doquier, provocando la carcajada al primer minuto de conversación. Solía verlo en un grupo que se había formado a partir de un taller de fotografía en el que ambos se habían matriculado. Cuando las clases terminaban, algunos de los alumnos se encontraban en una cafetería cercana, y al final habían acabado por componer una peña bastante animada.
Por aquel entonces Zenda aún tenía veintitantos años, más o menos como el resto, y vivía, como todos ellos, en casa de sus padres. Ésta era una situación bastante común entre la gente de su edad, en una época en la que el desempleo juvenil era algo corriente. No era el caso de Nico, desde luego. Él, no sólo gozaba de buena situación profesional y económica, sino que además tenía su propio piso.
Tardaría algún tiempo Zenda en saber que esta feliz circunstancia se debía al hecho de que los padres de Nico eran gente de posibles, propietarios de una fábrica de celulosa, “Papel higiénico Balten”, que funcionaba de manera más que próspera. Su situación desahogada les había permitido hacerse con varios inmuebles en la ciudad, a modo de inversión. Casualmente, la finca en la que se acomodaba el susodicho había sido una ventajosa adquisición facilitada por sus padres. Vamos, que no le había costado ni un duro.
Ésta fue la coyuntura que propició que el de Nico fuese el domicilio en el que eventualmente se reunían los miembros del grupo. Hacían pequeñas fiestas de cuando en cuando, y realmente se divertían, pues el fulgor de la estrella principal les mantenía encandilados y en constante entretenimiento.
Sin embargo, la asociación que formaban terminaría pronto, y de manera un tanto drástica. Un mal común aunque invisible suscitaría entre ellos las peleas más variadas, de las que, curiosamente, nadie sabía el verdadero origen.
Como si de un veneno inodoro se tratara, como un enemigo silencioso, Nico había ido provocando el malestar y deserción de todos, por una parte, de los chicos, los cuales eran entendidos por él como contendientes, y que poco a poco acabarían de sus comentarios mordaces hasta las narices. Nico disfrutaba zahiriendo al personal, sin que mediase más motivo que su propio disfrute, y en tanto alguien le riera las gracias el mal estaba justificado.
Por otra parte, se deleitaba en lo que él llamaba “revolucionar el gallinero”, siendo éste el concepto que mejor definía su relación con las mujeres. Con éstas sólo había dos clases de trato: El acoso sexual -con correspondiente derribo y exhibición de trofeo- o el despecho ante una negativa. En ambos casos las féminas salían perjudicadas: Las que no sucumbían a sus encantos eran vilipendiadas con saña, y llevadas a la exasperación o a la fuga, mientras que las que caían en sus redes acababan con la sensación de estar sentadas en un charco de ignominia, sin saber muy bien qué había pasado o qué habían hecho mal. Porque el interés de Nico por las representantes del sexo opuesto terminaba tan pronto como conseguía llevarlas al catre.
Esto no habría tenido tanta importancia si a cada relación no le hubiera precedido una promesa de amor formal. Ellas no sabían a lo que iban, y en ello residía el engaño y la maldad de Nico; Todas eran “su novia”.
Lo peor es que nunca llegaba a cortar oficialmente con ellas, por pura cobardía. Tal era el pavor que le producía dar la cara, que se limitaba a eludirlas, a darles vagas excusas, y a esperar a que se cansaran o captaran el mensaje. Así, no tardaría en acumular un buen número de lo que se podría considerar relaciones simultáneas, en las que las interesadas ignoraban por completo que habían sido sustituidas.
Zenda también llegaría a ser objeto de sus pretensiones, si bien ella declinó discretamente el ofrecimiento, arguyendo que tenía una relación estable con Noel. Trató de ser educada, pero el ego de aquel tipo no le permitía ser cortés y retirarse con nobleza, por lo que al acoso carnal le siguió otro verbal, mucho más agresivo y tenaz, que dejó claro a Zenda quién y cómo era realmente aquel personaje. Alejarse le proporcionaría perspectiva, y lo que vio ya no le resultó tan fascinante:
Con sus guiones estudiados, Nico conseguía encandilar a lo que consideraba su público, en una constante representación que, sin embargo, tenía siempre un fin trágico. Porque nadie puede fingir eternamente. Al final, siempre estaba solo. Podía comenzar relaciones nuevas de continuo, dada su facilidad de palabra, pero, tan pronto se le caía la máscara, los espectadores abandonaban el coliseo.
En el espejo del camerino de su intimidad, Nico, lejos de lamentarse por la marcha del auditorio, ensayaba nuevas frases y poses con las que mantener la farándula que era su relajada vida.
Sin embargo, y como toda obra tiene un límite de representaciones, ésta también habría de llegar a su fin.
En una de sus incursiones amorosas, Nico había dado con Berta, una de las alumnas del taller de fotografía, en la que no había puesto sus ojos al no ser físicamente de su agrado. Berta era poco agraciada, circunstancia que había propiciado que, a sus 29 años, aún no se hubiese estrenado. Amenazada con la terrible treintena, se había dispuesto a dar caza a lo que fuera, aunque para ello tuviese que recurrir a la artillería pesada. Tomando una iniciativa que él aceptó con la misma indiferencia con la que se acepta una muestra gratis de detergente, Berta se metió entre las sábanas de Nico, advirtiéndole que era su primera vez, a lo que él, delicado como una lija, le había contestado secamente que no se preocupase: “La mancha saldría en la lavadora”.
La que no salió hasta nueve meses después fue la consecuencia de “un polvo rápido que le había echado a una chica fea”, quien resultó ser la menor de los hermanos en una familia de cinco. Incapaz de despachar a una simple novieta, Nico se encontró con la imposibilidad, dada su cobardía y su pobreza de espíritu, de enfrentarse a una familia potencialmente cabreada, que esperó de él que hiciera lo correcto.
Varios años después, Nico tenía dos hijos y una esposa nuevamente embarazada, junto a los que paseaba con un rictus de hastío cuando se cruzó con Zenda. Estaba más calvo, y en general ya no parecía gran cosa. Berta, en cambio, se había crecido. Se la veía casi guapa. Parloteaba alegremente, llevando a uno de sus hijos de una mano, mientras su flamante esposo empujaba un cochecito de bebé adornado con lazos de color rosa.
Zenda se sonrió con ironía, y pensó en lo caprichosa que era la suerte. O tal vez lo peligroso que puede resultar creer que nos acompañará eternamente.
Evidentemente, Nico había abusado de la suya.
Mientras caminaba de vuelta a casa, Zenda pensó que a ella no le iba tan mal, aunque la Fortuna y ella no fueran íntimas. Al menos ella tenía la cortesía de devolverle la sonrisa cuando se la cruzaba, y en ello encontraba la mayor de sus suertes; La de saber apreciar los dones recibidos.
Abr 07
Un problema es sólo un punto de vista.
Definitivamente.
He llegado a esta conclusión después de comprobar cómo, tras abrir la puerta de los horrores de mi infancia, una simple tristeza ha pasado a llamarse depresión, y una inofensiva y agradable terapia de tranquila charla ha derivado en la ingesta de ciertas drogas que toda la vida había temido, rehuido y denostado.
Analicemos la situación: antes de “reconocer” que me encontraba mal, yo paseaba mi pena por las calles, suspirando y soñando con tiempos mejores, los pasados, y los que habrían de venir, aunque en éstos últimos ya no confiaba demasiado, la verdad.
Sin embargo, un día rompí a llorar, y lo hice en la consulta de mi médico de familia, una doctora amable y comprensiva que me escuchó con paciencia y profesionalidad. Así comenzó mi viaje desde la confesión -que todos dicen que es buena para el alma- hasta la medicación, que mi terapeuta me presenta como única salida a la crisis.
Supongo que es la diferencia entre una persona de ciencias y una de letras. Nosotros, los artistas, creemos en el alma, hablamos de fuerza interior, de superación, de sueños y de metas, mientras que los chicos de la tabla periódica te retratan en términos químicos, obligándote a verte a ti mismo como el bicho viviente que eres, y que en poco se diferencia de un cerdo o una mosca.
Bien, como el bicho que soy, se me dice que mi química reacciona ante otra química, y que, una vez puestas las cosas en su sitio, mi cerebro dará una interpretación distinta a mis problemas.
Veamos:
Es posible que consiga sonreír ante el hecho de que me hayan estafado todo mi dinero, aunque llegue, a golpe de citación judicial, a quedarme tirada en la calle, y viviendo bajo un puente. Tal vez consiga encontrarle la parte positiva a la realidad de que mis mejores amigos, aquéllos que me han sacado hasta la sangre de mis venas, hayan decidido darme una contundente -aunque eso sí, elegantísima- patada en el culo y arrojarme de sus vidas por la puerta de atrás. A lo mejor, si me esfuerzo, y si mi química se deja aleccionar por la que procede de la farmacia, encuentro sentido al hecho de seguir en el paro, sin cobrar un duro, y sin más expectativas que un mini contrato basura de tanto en tanto, y eso a pesar de tener un currículum bastante más que aceptable.
Sí, definitivamente, es posible que a través de un viaje químico llegue a reírme a carcajadas de la realidad de mi vida aunque… ¿No me convierte eso en una yonqui?
No sé. Mi doctora, que es una mujer inteligente y con experiencia, cree que yo estoy deprimida. Yo más bien diría que estoy jodida, aunque claro, la terminología médica difiere un poco de la que usamos nosotros, los poetas cabreados.
Pero tiendo a pensar que ella sabe más que yo de todo esto, y por ello, con todo mi poético cabreo, cada mañana ingiero una pildorita blanca con cierto sabor anisado, cuya química, al parecer, se lleva a matar con la de mi cerebro, porque desde que comenzaran su romance no han hecho otra cosa que pelearse.
Y lo malo es que va ganando la dichosa pastillita. Hay que joderse.
En mi desconocimiento sobre cualquier tema farmacológico, ignoro qué poderes curativos encierra este Prozac de mi martirio, pero desde luego, las desventajas las estoy conociendo una por una.
A las náuseas y cefaleas iniciales, y que finalmente acabaron por desaparecer, siguieron en tropel una serie de sensaciones un tanto incalificables, y que nada tenían que ver con el supuesto bienestar que había venido a proporcionarme aquella caja mágica de fluoxetina en comprimidos.
Levantarte por las mañanas con sensaciones apocalípticas, todo hay que decirlo, también tiene sus ventajas. He llegado, por ejemplo, a comprender la que, hasta la fecha, consideraba la frase más estúpida y recurrente del cine: “Vamos a morir todos”.
Nunca entendí por qué, en todas las películas de catástrofes, alguien se empeñaba en dar una información que, no ya por obvia, sino por espeluznante, nadie le había pedido. Además, el sujeto en cuestión, siempre es el primero en arrojarse por una ventana. A ver, alma de cántaro: Si tanto miedo tienes a la muerte… ¿Por qué te empeñas en matarte tú solo?
Pues yo ahora lo entiendo, fíjate. Despertar por las mañanas, y pensar “vamos a morir todos”, no te proporciona sino ganas de tirarte por la ventana. La pega es que yo vivo en un tercero, y acabar parapléjica en el patio de mi vecina no me hace ni pizca de gracia. Además, los defenestrados acaban siempre en una postura patética, digna de una coreografía de la canción del verano. Eso por no hablar de lo feas que son las baldosas del susodicho patio y de lo mal que queda después todo el conjunto en el Telediario.
Así que me quedo en la cama, con la almohada sobre la cara, repitiéndome a mí misma que esto no puede ser el fin del mundo, aunque tenga toda la pinta.
Afortunadamente, esa parte sólo dura del orden de dos horas. Luego viene la de los ojos cargados. Esa sensación es, ante todo, estúpida; tener sueño y no poder dormirte te pone “impertinente”, como a los bebés. Esa es otra cosa que nunca hasta ahora había entendido: Un bebé puede estar llorando durante una hora “porque tiene sueño”. ¿Y por qué no se duerme y ya está? Pero claro, ahora que lo pienso, lo mismo las leches ésas de la farmacia también tienen fluoxetina en su composición, vete a saber.
Para finalizar con el rosario de reacciones adversas, diré que tener ataques de nervios de dos o más horas de duración no puede ser bueno, aunque seas una mosca o un cerdo. Yo por lo menos acabo cansadísima. ¿Será por eso que las moscas se dan contra las ventanas?
En fin, lo mismo mi viaje a través del desconocido y fascinante mundo de la fluoxetina tiene por objeto acabar de una vez por todas con todos esos grandes interrogantes sobre el cine, los bebés y las moscas, pero desde luego, con lo que no está acabando ni por asomo es con mi depresión.
Mira que si al final tengo razón, y no estoy deprimida… Lo mismo sólo soy una artista cabreada. Cabreada y jodida.
Como una mosca que se da contra un cristal.
Mar 10
Cuando abrí la puerta, un haz de luz cruzó la habitación. Había estado a oscuras durante muchos años, pero ella seguía allí, pequeña, indefensa, y con los ojos grandes y expectantes. Por su expresión, nadie diría que llevaba aguardando tanto tiempo.
Me sonrió, y sin embargo, había algo triste en su mirada. Probablemente intuía lo que iba a pasar.
-¿Por qué has tardado tanto? -me dijo con una vocecilla tierna y casi quebrada.
-No sé… -titubeé- supongo que he estado perdida.
-¿Perdida? ¿Dónde?
-Sara, si hubiese sabido dónde estaba, no habría estado perdida- la espeté yo.
En realidad, no estaba enfadada con ella, sino más bien a la defensiva. Sabía que debería haber ido a buscarla mucho tiempo atrás, pero algo no me lo había permitido.
Traté de cambiar el tono.
-Perdona, no quería ser brusca-. Le acaricié el pelo.
La niña mantenía sus ojos clavados en los míos. Su expresión era seria. No había cambiado nada en todos aquellos años; tan pequeña, tan frágil… Me dolía sostener su mirada. ¿Cómo decirle aquello?
Mientras pensaba en las palabras adecuadas, ella se me adelantó:
-¿Por qué quieres hacerme esto?
-No te entiendo.
-Sí que me entiendes -dijo haciendo un mohín de disgusto- No habrías venido a buscarme por ninguna otra razón. – Se entristeció.
Yo suspiré.
-Sabes que no hay más remedio. Tengo que vivir, tengo que salir de esto.
-Pero yo no tengo la culpa -gimió, dejando que dos pequeñas lagrimitas rodaran por sus mejillas.
-Ya sé que no la tienes, pero esto no puede continuar así. No puedo seguir escondiéndote en esta estancia oscura, pero tampoco puedo llevarte conmigo. Sólo tienes cuatro años, y yo debo continuar mi camino, con pasos más grandes.
-Pues entonces dime lo que has venido a decirme, pero dímelo de verdad, no como hacéis siempre los mayores.
-¿Qué quieres decir?
-Que no me digas mentiras. Soy pequeña, pero no tonta.
Respiré hondo. Tenía razón. Al menos se merecía una explicación digna.
-Sara… …he venido a matarte.
Ella agachó la cabeza.
Durante unos segundos hubo un silencio, roto sólo por un gemido. Yo agarré su mano, pequeñita, suave…
-¿Cómo es? -dijo entonces.
-¿Cómo es qué? – me extrañé yo.
-La vida de Brenda – respondió levantando la cabeza.
-Es diferente a la tuya, Sara.
-Eso ya lo sé pero… ¿es mejor de lo que habría sido la mía? Quiero decir, fuera de esta habitación oscura.
La pregunta me hizo daño, pero se merecía la verdad.
-No Sara. -Dije con tristeza- Mi vida no es mejor de lo que habría sido la tuya.
-Entonces… …entonces las dos nos habremos muerto un poco.
Salí de la habitación con un nudo en la garganta. Iba a matar a la niña, pero no sería aquel día.
Ella volvió a quedarse a oscuras.
May 01
Me llamo Manolo y soy un cerdo.
Esto lo digo en sentido literal. Cierto es que no me he duchado en toda mi vida, como también lo es que no uso desodorante ni me afeito, pero es que yo tengo cuatro patas, cola rizada y la piel de color rosa. Lo que viene siendo un cerdo, vamos.
Estoy aquí en representación de mis congéneres, para expresar nuestra profunda indignación por todo este asunto de la gripe porcina.
Medio mundo se pone a estornudar y a toser, y por fin encontramos una noticia alternativa a la dichosa crisis. Bien, yo me alegro de que cambiemos de tercio, porque una cosa es que nos informen de cómo está la situación, y otra que nos bombardeen mañana, tarde y noche con una visión casi apocalíptica de un más que negro futuro, en forma de reportajes de lo más variopinto, en los que se ha llegado a ver desde promotores inmobiliarios al borde del suicidio hasta proxenetas de esquina declarando que “la cosa está mu shunga”.
Bien, si de lo que se trata es de ponernos catastrofistas, -que parece que la cuestión es esa- al menos es un alivio cambiar de tema. Pero dentro de un orden, por favor.
Yo tenía entendido que uno es inocente hasta que se demuestra lo contrario, y sin embargo, a nuestro colectivo se nos ha acusado injustamente de provocar una pandemia, cuando es evidente que nosotros, los puercos, gozamos de una salud inmejorable.
”Échale la culpa al cerdo” parece que va a ser el tema del verano, cuando la responsabilidad al final siempre es vuestra, y sólo vuestra. A saber lo que habréis hecho.
Primero fueron las vacas locas, luego la gripe aviar, al poco, el anisakis… Porque ésa es otra: Mira que os gusta comer porquerías. ¿Es que no tenéis vitrocerámicas, freidoras, microondas…? ¿A qué viene comer pescado crudo? Con lo buenas que están las huevas fritas y el cazón en adobo… Y luego decís que los cerdos comen de todo… pues anda que vosotros.
En cualquier caso, y dado que se ha demostrado que en lo tocante a nuestro colectivo estamos todos como una pera, la Unión Europea está pidiendo que se cambie la denominación de “Gripe Porcina” por la de “Nueva Gripe”.
Bueno, el término no es muy original. Yo le habría llamado “Gripe Jalapeña”, por ejemplo, o “Gripe Tex Mex”, pero ya se sabe que a los políticos no se les puede pedir demasiado en lo que a la inventiva se refiere. De todos modos, el gesto es de agradecer. Se nota que viene de un colega. Y es que, eso de que los políticos son todos unos cerdos, tiene su mijita de fundamento.
Aún así, no las tengo yo todas conmigo, fíjate. Seguro que al final se sacan de la manga que en una aldea de Guanajuato han visto a un cerdo tomando Frenadol y sonándose los mocos. La cosa es escurrir el bulto.
Pero da igual. Sois vosotros los que estáis moqueando y tosiendo, mientras que nosotros seguimos revolcándonos en el barro y comiendo sin contar calorías, y eso os da mucha envidia.
Envidia cochina, marrana y porcina.
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