DÉJÀ VU

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Corrían los años ochenta. El aire que se colaba en mis pulmones a golpe de entusiastas inhalaciones juveniles olía a nuevo, como si alguien se hubiese encargado de renovarlo en una sola noche. Se trataba, en efecto, del despertar a una realidad diferente, en la que flotaba la promesa de algo bueno que vagamente se perfilaba en la imaginación, pero que dejaba en el ánimo una sensación de anuncio de colonia; frescor y armonía de mundo perfecto. Todo a mi alrededor estaba por descubrir. Por aquel entonces, la más mínima experiencia se me antojaba una aventura. En realidad lo era.

En una época en la que lo “políticamente correcto” dependía del simple sentido común, los españoles despertábamos a muchas cosas. Y que te hubiese tocado ser joven justo en aquel momento álgido era todo un lujo, una oportunidad que ninguna mente avispada hubiese dejado pasar de largo.

Claro que eso conllevaba algunas desventajas. La libertad bien entendida, ésa que te deja actuar en tantos campos, llegar a tantos sitios y vivir toda clase de experiencias, con la única limitación del respeto a los demás y al entorno, esa cosa aparentemente tan sencilla, no encontraba fácil eco entre los cabezas cuadradas.

Y de esos había muchos.

Toda mi juventud me la pasé oyendo insultos de lo más variopinto. Por alguna razón, mucha gente se consideraba con derecho a insultarte abiertamente por el simple hecho de peinarte o vestirte de un modo poco convencional. Y lo más triste es que esta actitud no provenía exclusivamente de los más mayores, aquellos a los que tantos años de opresión habían constreñido el pensamiento; Lo peor eran mis coetáneos.

Resultaba triste, frustrante e incluso agotador, escuchar una y otra vez las mismas pamplinas faltas de originalidad y plenas, en cambio, de la zafiedad propia de aquellos cuyas mentes se negaban a aceptar cualquier cosa que no les hubiese sido inyectada, como a bichos de una especie de laboratorio social, a base de publicidad machacona o imposiciones de la moda.

Podría decir que yo “pasaba de todo”, pero no estaría diciendo la verdad. Bien es cierto que continué, ya por rabia, ya porque sencillamente estaba en mi derecho, saliendo a la calle como me dio la gana, pero no lo es menos que me sentía acosada y maltratada, pues hacer de cada incursión al mundo exterior una lucha, una sucesión de pequeñas batallas, combates de una guerra que me había sido declarada por atreverme a pensar, resultaba agotador, y día tras día mi espíritu se veía minado por un hastío que cuajaba en mi rostro y mi actitud, aunque como digo, era más fuerte mi rabia, pues nada pertrecha mejor el ánimo que el poder de la convicción.

No voy a entrar en los detalles de los muchos insultos y despropósitos de los que fui víctima durante todos aquellos años, pues el tiempo ha pasado, y con él los rencores, si bien -he de admitirlo- sentí una especie de triunfadora y maliciosa dicha en la venganza pasiva que se encargó de ofrecerme el tiempo: Los hijos de aquellos jóvenes que me machacaron con impiedad, los nietos de aquellos adultos que llegaron a arrojarme piedras por la calle, pasean hoy su palmito, luciendo a medias trasero y ropa interior, encantos éstos que unos indolentes pantalones carcelarios dejan asomar impúdicamente. Ésos que llamaron “maricones” a mis amigos por llevar una simple y pequeña argolla en una de sus orejas, ven ahora cómo sus vástagos acuden al instituto –sabe Dios para qué se molestan en ir- con aros en sus acneicas narices, cuales bueyes de tiro, la piel horadada aquí y allá con metralla diversa, y decorada con tinta de color guarro que en unos casos adopta la forma de un dragón, en otros, la de trazos chinos en los que bien pudiera leer un experto “Se traspasa”. Qué más da, si sus adláteres y compinches no entienden ni el español.

Pero los tiempos han cambiado… ¿O no?

Podríais pensar, al escuchar mi discurso, que he incurrido en el peor de los delitos: Volverme intolerante, yo, que defendí a capa y espada la libertad de expresión, de credo, de hábito y pelaje…

Nada más lejos de la realidad.

Aquello con lo que los chavales –y puretas, que también los hay- quieran taladrarse el cutis, me deja indiferente. Ni frío ni calor, oye.

Lo que me deja atónita es lo que me toca vivir, a día de hoy, en el siglo XXI, cuando televisión, Internet, youtube, presentaciones de power point, cadenas de correos, móviles y toda la parafernalia comunicativa imaginable han conseguido que no haya nuevo bajo el sol.

Sí, me deja de una pieza comprobar cómo esa supuesta modernidad, en la que, en realidad, todos vuelven a comportarse como borregos haciendo la misma cosa –qué original que soy, tengo cuarenta años y llevo un piercing en la nariz, como mi niño er shico- aquellos que van de nuevos modernos siguen siendo los mismos cenutrios, quienes, agolpados bajo una misma bandera y consigna de ignorancia y cretinismo, vuelven a lanzar sus piedras, a escupir su incultura y cerrazón sobre cualquiera que se atreva a pensar por sí mismo.

Bajo esas modernísimas y tatuadas pieles del nuevo milenio, pervive la misma mezquindad de hace un cuarto de siglo, encantada de hallarse en ese estupendo caldo de cultivo que parece ser su masa gris, encharcada de telebasura y probablemente atascada de colesterol, cortesía de Telechicha, McPollas y otros amables y desinteresados patrocinadores.

Hoy, un viernes cualquiera de 2010 –año estelar- he tenido un déjà vu.

Hoy, me han insultado por la calle.

Varias veces.

Gente joven, gente mayor.

La burla tenía su origen en una cuestión de lo más simple, pero me ha dejado claro que sigo viviendo en las cavernas.

¿Cómo se puede llevar tanta chatarra en la piel, tanta consigna libertaria, tanto desparpajo de tanga y tribu urbana prefabricada, y hacer, al mismo tiempo, objeto de mofa y escarnio a una persona por hacer algo mínimamente llamativo?

Y la cosa es que yo, tonta de mí, tenía hecho el ánimo a que, a día de hoy, no me mirarían ni las moscas. Segura estaba, oye, de que nada podía ya sorprender a una sociedad de niños agresores y profesores atemorizados, de sexo a los doce años y actitudes déspotas en plena tiranía del filiarcado, en la era de las chorradas telemáticas y los videojuegos imposibles.

Pero mira tú, que se me ocurre salir a la calle protegiéndome de un sol que mi piel no tolera, y hete aquí que el mundo entero se gira para mirarme.

Giran sus impúdicos culos de tanga las veinteañeras, sus narices de Swarovski las cuarentonas “adaptadas” al milenio, sus cuellos tatuados los ilustrados de la telebasura, y me señalan con el dedo, increpándome al pasar.

Pensaréis, digo yo, qué locura extravagante habrá hecho esta chica para merecer ese trato. Qué cosa puede haber provocado que esas mentes abiertas se sientan escandalizadas.

No iba de camuflaje, como Rambo. Tampoco en una burbuja. No iba vestida de buzo, ni de superhéroe…

Un parasol.

Llevaba un parasol.

Feliz que iba yo de haber encontrado, tras duras pesquisas, un chisme de ésos con filtro UVA, que me permitiera salir a la calle entre junio y septiembre.

Había visto esos parasoles en el campeonato de Fórmula I, entre los que admiraban a Fernando Alonso. Pero eso es disculpable, claro. El deporte… es el deporte, y más el de élite. Los había visto en Japón, donde la gente siente más respeto por su piel que en occidente, pero claro, los japoneses, el Manga… eso mola también. Los había visto en la exhibición aérea de las Fuerzas Armadas, pero claro, allí había más gente pasando calor… se proporcionaban recíproco apoyo moral…

Sin embargo, cómo se me ocurre, ignorante de mí, abrir yo solita un parasol en Cádiz, ante esa chusma distinguida que se acomoda en esquinas y quicios de bares, que hace una foto a su culo con el móvil y la envía por SMS a sus colegas como si fuese una idea brillante, y que luego, en un despliegue de tolerancia digno de Torquemada, te increpan porque, según ellos, “no llueve”.

Quién dice que no llueve.

Llueve estupidez, y lo hace a mares.

A punto de volverme he estado hoy, en más de una ocasión, para preguntarle a alguno de aquellos eminentes mulos si, además del ombligo, la ceja o el pene, les han taladrado el lóbulo frontal.

No lo he hecho, sin embargo. Mi rabia y mi frustración han sido las de veinticinco años atrás; Mi experiencia, en cambio, suficiente como para comprender la pérdida de tiempo que supone ofrecer palabras a cambio de sonidos guturales.

Ya de vuelta en casa, me quedo mirando mi vilipendiado parasol.

Deberían darlos gratis en la Seguridad Social.

Impediría que a más de uno se le derritiese el cerebro.

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LIBERTAD DE OPRESIÓN.

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Aquélla era una ciudad en blanco y negro. Medio siglo de opresión había hecho de sus habitantes ciudadanos silenciosos, sumisos, prudentes hasta la cobardía.

Todo estaba controlado. Había leyes para caminar, leyes para hablar, leyes para pensar.

Por fin el tirano murió, y todos salieron a las calles para festejarlo. Hombres y mujeres sacaron sus tejidos de colores y los expusieron al sol. Cada cual colgó su estandarte, todos diferentes, y todos aceptados. Ya no había yugo en la palabra; expresarse era un derecho.

Para proteger la libertad, se crearon leyes. Leyes para evitar que una palabra oprimiese a otra palabra, leyes para impedir que el libre albedrío ofendiese a los más conservadores, y también para que éstos no manifestasen sus deseos de retorno al control.

Al final, la libertad murió a manos de sus propias reglas.

Y la ciudad volvió a estar en blanco y negro.

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Sin enfadarse.

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Miré mi libreta bancaria, y una mueca se dibujó en mi rostro. Me aseguré de haberlo visto bien.

Sí, no cabía duda.

Enfundé la espada. No se deben matar mosquitos a cañonazos, pero en ocasiones hay que recordarle a la gente que vas armada. Algunos no entienden otro lenguaje.

Comenzaba a lloviznar, así que apuré la marcha, repasando mentalmente todo lo ocurrido.

Sucedió hace ya más de seis meses.

Los chicos de Gas Natural se habían presentado algún tiempo atrás ante la comunidad de vecinos, con su propuesta de felicidad duradera en forma gaseosa, y claro, la mayoría había dicho que sí.

Nosotros, no obstante, declinamos amablemente el ofrecimiento; A saber: En casa somos dos, y sólo el coste del enganche mensual constituía una cantidad mucho mayor a la que gastábamos en butano, y luego estaba el consumo en sí, claro.

Cierto es que el gas ciudad ofrece una ventaja tentadora frente a la tradicional bombona; Elimina por completo la desagradable posibilidad del factor sorpresa, esa ocasional circunstancia que te obliga a salir de la bañera muerta de frío, enjabonada, andando con los cantos de los pies -como si eso fuese a solucionar algo- y después de haber pegado un alarido con eco de cuarto de baño, seguido de las habituales blasfemias.

Pero, nos guste o no, debemos tener presentes nuestras limitaciones presupuestarias, y el imponderable del chorro frío en la espalda forma parte de la condición obrera a la que pertenezco. Vamos, que el gasto no me compensaba.

En cualquier caso, la mayoría de propietarios había dado su visto bueno, y, aún en la certeza de que jamás gozaría de las bondades del servicio en cuestión, hube de soportar la obra que la instalación conllevaba, con todo el ritual de ruido, polvo e ir y venir de operarios.

Así, en un tranquilo día previo al otoño, tuve una visión que me erizó el vello de la nuca. Estuve por exhalar un grito -a medio camino entre el susto y el estupor- al ver aparecer frente a mi ventana de tercer piso el careto sin afeitar de un individuo ataviado con un mugriento mono de trabajo, que a primera vista parecía flotar en el aire, pero que en realidad se descolgaba desde la azotea como un Spiderman cutre. Nada que ver con el mito del obrero Coca Cola Light. Francamente decepcionante.

El tipo se había sentado en mi tendedero, que afortunadamente estaba vacío. Las cuerdas, no obstante, hacían protestar a las poleas, que chirriaban cada vez que el sujeto se movía.

Respiré hondo. “Total, será una semana a lo sumo”.

Resté importancia al asunto, en aras de no comportarme como una maruja intransigente. Sin embargo, unos días más tarde, mis braguitas negras se fueron a hacer puenting, y yo me las quedé mirando, mientras se balanceaban de un lado a otro, amenazando con aterrizar en la ventana de algún vecino fetichista o de alguna señora cotilla.

Pero claro, no iba a enfadarme por un poco de cuerda. Total, ya me había durado casi tres años.  Me abastecí de lo necesario para hacerme un tendedero nuevo, y al día siguiente el asunto estaba arreglado.

Sin embargo, sí que me ofuscó un tanto la siguiente tropelía.

Al volver de unas compras, y tras descolgar la ropa, constaté que dos de mis toallas habían adquirido un curioso efecto exfoliante. Un tanto exagerado para mi gusto, ya que consiguieron hacerme sangrar las manos. ¿Qué demonios era aquello?

Estaño. Estaño fundido. Los obreros habían terminado aquella mañana, de manera que mis vecinos tenían gas natural y yo toallas asesinas.

Fruncí el ceño e hice un mohín. Aquellas toallas ya tenían tiempo, pero eso se debía precisamente a que eran de calidad, y a mí me gustaban mucho.

Sin saber muy bien cómo iba a proceder, y dado que en los últimos tiempos he adquirido el hábito de no actuar en caliente, doblé las malogradas piezas, las introduje en una bolsa, y decidí entregarme a otras labores, en tanto dilucidaba qué iba a hacer.

No fue sino hasta unos días más tarde que decidí ponerme en contacto con la empresa suministradora del servicio.

Éstos me informaron de que, en efecto, el abastecimiento del gas corría por su cuenta, pero que las instalaciones en los edificios las realizaban distintas compañías. Finalmente, y tras varias pesquisas, logré averiguar el nombre de la empresa que se había encargado de facilitar a algunos vecinos agua caliente y a otros bragas viajeras.

Lo que siguió a continuación habría sido frustrante de no ser porque he desarrollado una extraña capacidad para reírme de las circunstancias, incluso con cierta suficiencia, como si me hallara en la tácita certeza de mi triunfo final.

Porque, sin duda alguna, los sujetos en cuestión debieron interpretar mi calma y buenos modales como sólo los necios saben hacer, esto es, tomándola por apocamiento o cobardía, y ninguneándome con suaves asentimientos y miradas cómplices entre ellos, en una auténtica demostración de que, en efecto, hacían bien en dedicarse a una labor que poco o nada requería de habilidades sociales, empatía o, simplemente, capacidad para distinguir el tamaño de su antagonista.

Yo estaba  muy tranquila. Planeaba mi viaje a Irlanda, y sencillamente no tenía prisa. Tal vez la cosa habría sido distinta si me hubiesen llegado a dejar sin ropa interior, pero toallas tenía de sobra.

Así, y tras varios meses en los que yo había dado puntuales toques de atención a esta gente, concluyeron que el jefe acabaría poniéndose en contacto conmigo.

Tal vez se encontrase de viaje por Marte, donde Movistar no tiene cobertura, porque el ganadero de aquella piara no me llamó nunca.

Aquello me empezó a fastidiar ligeramente. Yo me habría conformado con una disculpa, pero a esas alturas ya no se trataba de mi cordel, ni se trataba de mis toallas… se trataba del evidente insulto a mi inteligencia. ¿Qué se habían creído? Pero seguía con mi intención de no actuar en caliente. Me senté en el sofá, y esperé hasta constatar que, a pesar de todo, no estaba enfadada. “Despacio”, pensé. Y dejé transcurrir otra semana más.

Supongo que aquella gente pensó que me había cansado, pero yo simplemente estaba tratando de hacer las cosas civilizadamente. La “civilización”, no obstante, se ha construido también a golpe de espada. Suspiré. Después de todo, había agotado todas las vías diplomáticas.

Fue así como, hace un par de semanas, volví a ponerme en contacto con la empresa. Me atendió una chica, la típica hija-secretaria “con estudios”, vamos, la que sabe escribir de la familia. Sin perder la calma, le expuse nuevamente la situación, asegurando que, a pesar de mi buena fe, no tenía intención de dejar el asunto en el aire y que estaba convencida de que ellos preferirían no tener que recibir una denuncia…

No me veía yo, claro está, acudiendo al juzgado de guardia con mis toallas modelo Torquemada, así que mantuve hasta el final la confianza en que aquellas personas obrarían con la conciencia debida.

La chica me pidió mi número de cuenta, después de que yo le comunicara que cada una de mis viejas toallas costaba 35 euros. La cifra, por supuesto, no era real. En las navidades del año 2000 mi madre me regaló algunas toallas, entre ellas las piezas que nos ocupan, y desde luego estaban ya de sobra amortizadas, pero yo había calculado en el total otros conceptos, que incluían el vuelo de bajo coste de mis prendas íntimas, el susto del hombre araña en mi ventana y, por supuesto, el ejercicio de toreo al que me habían sometido. Eso por no mencionar que me habían ofendido gravemente al interpretar mi exhibición de paciencia y diplomacia como simple falta de luces.

Tampoco quería pasarme. Más bien iba a darme un gusto, y treinta y cinco euros por cada pequeña toalla me pareció adecuado. “Eso suman 70, ¿no?” -había dicho la chica en un orgulloso despliegue de conocimientos. “Eso es”, había respondido yo, y me contuve para no agregar algún epíteto inapropiado.

La cuestión había quedado, por tanto, zanjada.

O eso pensaba yo. Porque, una semana después, los muy impresentables no habían hecho un uso apropiado de mi número de cuenta. Vamos, que no me habían ingresado ni un duro.

Con ésas, una mañana, y tras tomarme una tostada, comencé a llamar por teléfono.

Nada, que no había forma. Con mi número ya probablemente fichado, ni el padre ni la hija consintieron en hablar conmigo, colgándome el teléfono en más de una docena de ocasiones.

Pero yo seguía con la sonrisa puesta.

No sabía por qué, pero no conseguía enfadarme.

Me recliné en el asiento. La llamada número veinte había sido la última.

En lugar de insistir, envié un corto mensaje a uno de los teléfonos móviles: “Dada la imposibilidad de contactar con ustedes, recibirán una notificación formal en la sede de su empresa”.

Lo de “notificación formal” pretendía más bien ser una especie de eufemismo, un enigma orientado a confundir. Porque yo sabía que aquella panda de garrulos pensaría automáticamente en una denuncia, pero, que yo sepa, la palabra “formal” abarca un campo considerablemente más amplio, a saber: Yo soy una chica formal, mantengo una relación formal, y siempre guardo las formas. Vamos, que lo mismo podían haber interpretado que recibirían una carta muy educadita, ¿no? Y es que yo seguía sin verme delante de un juez con un par de toallas del año 2000 manchadas de estaño, y explicando el movimiento oscilante descrito por mis bragas unos meses antes.

Pero no me equivocaba al estimar la previsible reacción de aquella gente: Como dos nanosegundos después, mágicamente a ambos les funcionaba el teléfono. Me llamaron ellos, claro. La chica decía no acordarse bien de mí, pero, por alguna razón, recordaba perfectamente mi número de cuenta, mi domicilio, y la cantidad que tenía que ingresarme. Memoria selectiva, creo que le llaman.

No había llegado a enojarme en todo el proceso. Tampoco surgió de mi rostro ningún tipo de sonrisa victoriosa. Simplemente volví a reposar sobre el asiento, dando suaves golpecitos con el índice al teléfono móvil, que mantenía apoyado sobre mi pecho, mientras cerraba los ojos y me entregaba a otros pensamientos…

Ahí había acabado todo.

Llegué a casa justo antes de que estallara la tormenta, y solté la libreta bancaria sobre el aparador.

Mirando la lluvia por la ventana, me sentí extrañamente poética:

“Qué triste vivir en un mundo que lee cobardía en los ojos de aquél que gasta modos amables.

Qué zozobra en el alma, el ruido de la espada, cuando su hoja ha de sesgar el aire, en defensa de la honra.

Qué pobre victoria, la de verse obligado a aplastar a la simpleza misma con tan ínfimo esfuerzo.

Qué bien me han venido estos setenta euros”.

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Epístola para una mula.

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Lastimosa bestezuela:

Te dirijo esta misiva tras comprobar que la coraza de tu desdén hace imposible que nos comuniquemos de palabra.

Sé que el método se presta a la mala interpretación, pero antes de que te jactes de haberme amedrentado, te apuntaré lo erróneo de confundir mi actitud con la cobardía, pues si de algo está cansado mi brazo es de blandir la espada en continuas luchas, la mayoría tan injustas como frustrantes, pero, victoriosa o no, siempre he sabido plantar cara a mi enemigo, así que te agradecería que no cuestionases mi valor.

No, no es cobardía; Es mero sentido práctico lo que me lleva a enviarte este escrito, que a buen seguro examinarás minuciosamente en busca de algún indicio acusatorio, algún renuncio que me perjudique, más no hallarás otra cosa que una verdad a la que jamás te has enfrentado, y que ahora se encuentra en tus manos, tras burlar tus defensas como un caballo de Troya que has metido entre tus muros con traicionera codicia.

Tras comprobar, en nuestra última conversación, tus limitaciones verbales, he buscado en mi mente las palabras adecuadas, aquellas que verdaderamente puedan hacerte llegar mi mensaje. ¿Cómo hacerlo? Veamos…

Algunas personas, como tú, mi ignorante criatura, se pasean por el mundo desplegando esa cascada de incomprensible hostilidad, con la que pretenden intimidar a todos cuantos les rodean, sin darse cuenta, -pobres- de que es su propio temor el que resulta manifiesto para cualquiera que posea dos dedos de frente.

Porque, en efecto, cuanto más ladra el perro menos muerde, y el perro que ladra grita su miedo, tiembla tras sus dientes, vibra ante el eco que produce el vacío sonido de su garganta en un cuerpo en el que no hay más que ruido y debilidad.

Dices “soy como soy”, elevando tu mentón y apretando los labios en un irremediable encuentro con tu altiva nariz, y tu actitud chulesca anuncia tan sólo tu propia e injustificada soberbia, pues sólo de eso, de soberbia en sí misma, puedes presumir.

Dime… ¿se puede uno sentir orgulloso de su propia condición anodina, de su vacua existencia?

En plan patriarca gitano, cual señorito de cortijo o ignara maruja arrabalera, enarbolas tus dos dedos preeminentes, y profieres, con tanta inmisericordia como ignorancia, tus sentencias limitadas y banales, rematadas siempre por esa incalificable grosería que te adorna toda.

He tratado de hallar algo, en tu trayectoria, en tu conducta, incluso en tu aspecto, que justifique la convicción casi  religiosa que te lleva a comprender de manera unilateral que el mundo gira en torno a la cicatriz que es tu ombligo, pero por más denuedo que he puesto en mi labor, no he hallado el más mínimo atisbo de don alguno, ya sea a nivel intelectual, espiritual, o meramente físico, que te pueda haber llevado a tan rocambolesca conclusión.

Como un orador que comparece ante los medios luciendo una mancha de mahonesa en la nariz o una hoja de espinaca entre los dientes, extiendes los brazos ante tu público, y sonríes orgullosa, en la solitaria certidumbre, pues es sólo tuya, de que las miradas se posan en tus inexistentes encantos, y no en tus evidentes defectos.

Me hablas de educación. ¿Qué sabes tú de eso?

Algunas personas, mi pequeño animalito, confunden esa gran palabra con otros conceptos.

¿Modales?

Son sólo eso.

He visto monos de circo quitarse el sombrero, y he oído a cacatúas ejecutar brillantemente la vocalización de un “buenos días”. ¿Les convierte eso en educados? Yo creo que no.

Por otro lado, existe el concepto de educación como esa serie de valores bajo los cuales hemos sido instruidos desde la infancia.

No considero yo que poseer las maneras de una duquesita -que por cierto, tú no tienes- convierta a nadie en una persona bien educada, ya que son igualmente modos aprendidos los que mostramos a los demás, en aras de conseguir con un menor esfuerzo aquello que nos proponemos pues, ¿no es acaso cierto que se cazan más moscas con miel que con vinagre?

No, no es eso la buena educación. Hasta las duquesitas pueden ser groseras.

La verdadera educación, ésa que se escribe con mayúsculas, es una actitud. Nace desde el más profundo, sincero y personal respeto del individuo hacia los que le rodean, se orienta a no herir o molestar a los demás con nuestra existencia o nuestras necesidades, y se manifiesta, casi a modo de ternura, más con sonrisas y actitudes positivas que con toda la verborrea protocolaria de la que puedas abastecerte en los más selectos círculos.

Personas iletradas, cabreros, gente criada en la montaña, que jamás tuvieron acceso a un libro, pueden manifestar, con su limitado repertorio, la buena educación en la que se traduce conducirse con respeto hacia los demás.

Tú, en cambio, no puedes.

La naturaleza no ha sido muy buena contigo, pobre bicho.

Entiendo que presumas de soberbia.

Ella te alimenta, ella te da forma, ella te define.

Toda tú eres soberbia.

Y la soberbia no es más que un envoltorio feo que cubre el más absoluto vacío.

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La rendición

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Te miro con una media sonrisa que es más bien una mueca.

No eres más que una cosa pequeñita, y ni siquiera puedes entender lo que te digo, pero, aún así, me empeño en explicarte esto.
No sé, tal vez intento entenderlo yo misma.

¿Sabes?  Hace mucho tiempo, cuando tú ni por asomo entrabas en mis planes, yo albergaba grandes proyectos de futuro. Estaba ilusionada con mil cosas, y la vida se plantaba ante mí como una promesa optimista e infinita.
Tenía la firme convicción de que, cuando uno trabaja duro y bien, cuando uno se esfuerza lo suficiente, acaba por conseguir lo que se propone. Y también creía que tratar bien a los demás te hacía acreedor de lo propio. Era casi una fe religiosa, ya sabes: Los buenos van al cielo y tal…

Pues resulta que no. O por lo menos, a mí no me ha llevado a ninguna parte.
Bueno, eso sí; hemos tenido la oportunidad de conocernos pero, como ya te he dicho antes, -y no te ofendas- tú no entrabas en mis planes.
Llegas diciendo que te necesito, y me propones, como si la incoherencia fuese la mía, que acabe con mi sufrimiento, cuando es lo único de todo esto que tiene sentido.

A fin de cuentas… ¿No es lo más normal del mundo estar afligido cuando todos te han fallado? ¿No es acaso legítimo acurrucarte en tu propia pesadumbre cuando ya no te queda otra cosa?

Mira, yo siento simpatía por mi tristeza; Creo que ha venido a verme cuando le tocaba, y eso es más de lo que puede decirse de todos los que me rodean. Además, es lo único auténtico que tengo; Los amigos, la familia, el trabajo… todo mentira, pero mi tristeza es genuina, pura y sincera.

Y tú me pides que se vaya.

¿Con qué derecho?

Pero claro, no puedo culparte. Tú no has inventado las normas.
Y las normas dicen que esto es lo que hay.

Por lo visto, sufrir no está de moda. Lástima de siglo equivocado. De haber nacido durante el Romanticismo, al menos se me permitiría morir digna y melancólicamente en algún rincón umbrío, pero en el siglo XXI hay que estar alegre por narices. Me dicen que lo contrario sería insano. Pues no sé qué tiene de salubre sonreír cuando la vida te va de culo, la verdad.
Eso sí que lo encuentro enfermizo.

Pero qué vas a entender tú, si no eres más que una maldita pastilla de Prozac.

Suspiro y saco una copa de las buenas, que la ocasión hay que adornarla, aunque el recipiente sea un tanto ostentoso para un simple agua mineral. Al fin y al cabo, una no claudica todos los días.
No todos los días vende una su alma al diablo, y en realidad, es así como me siento.

Te sujeto con dos dedos, y mi tristeza te regala una mirada digna de un poema de Bécquer.

Luego, levanto mi copa, como en una especie de ritual de sacrificio, y dejo que una parte de mí se muera.

Es el mundo en que vivimos. Un mundo en el que el egoísmo se receta como garantía de longevidad y de salud, un mundo en el que el engaño y la maldad se festejan abiertamente, y en el que a la gente corriente no nos queda otra que tomar píldoras para combatir la cordura.

 

 

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Poetas, médicos y moscas.

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Un problema es sólo un punto de vista.

Definitivamente.

He llegado a esta conclusión después de comprobar cómo, tras abrir la puerta de los horrores de mi infancia, una simple tristeza ha pasado a llamarse depresión, y una inofensiva y agradable terapia de tranquila charla ha derivado en la ingesta de ciertas drogas que toda la vida había temido, rehuido y denostado.

Analicemos la situación: Antes de “reconocer” que me encontraba mal, yo paseaba mi pena por las calles, suspirando y soñando con tiempos mejores, los pasados, y los que habrían de venir, aunque en éstos últimos ya no confiaba demasiado, la verdad.

Sin embargo, un día rompí a llorar, y lo hice en la consulta de mi médico de familia, una doctora amable y comprensiva que me escuchó con paciencia y profesionalidad. Así comenzó mi viaje desde la confesión -que todos dicen que es buena para el alma- hasta la medicación, que mi terapeuta me presenta como única salida a la crisis.

Supongo que es la diferencia entre una persona de ciencias y una de letras. Nosotros, los artistas, creemos en el alma, hablamos de fuerza interior, de superación, de sueños y de metas, mientras que los chicos de la tabla periódica te retratan en términos químicos, obligándote a verte a ti mismo como el bicho viviente que eres, y que en poco se diferencia de un cerdo o una mosca.

Bien, como el bicho que soy, se me dice que mi química reacciona ante otra química, y que, una vez puestas las cosas en su sitio, mi cerebro dará una interpretación distinta a mis problemas.

Veamos:

Es posible que consiga sonreír ante el hecho de que me hayan estafado todo mi dinero, aunque llegue, a golpe de citación judicial, a quedarme tirada en la calle, y viviendo bajo un puente. Tal vez consiga encontrarle la parte positiva a la realidad de que mis mejores amigos, aquéllos que me han sacado hasta la sangre de mis venas, hayan decidido darme una contundente -aunque eso sí, elegantísima- patada en el culo y arrojarme de sus vidas por la puerta de atrás. A lo mejor, si me esfuerzo, y si mi química se deja aleccionar por la que procede de la farmacia, encuentro sentido al hecho de seguir en el paro, sin cobrar un duro, y sin más expectativas que un mini contrato basura de tanto en tanto, y eso a pesar de tener un currículum bastante más que aceptable.

Sí, definitivamente, es posible que a través de un viaje químico llegue a reírme a carcajadas de la realidad de mi vida aunque… ¿no me convierte eso en una yonqui?

No sé. Mi doctora, que es una mujer inteligente y con experiencia, cree que yo estoy deprimida. Yo más bien diría que estoy jodida, aunque claro, la terminología médica difiere un poco de la que usamos nosotros, los poetas cabreados.

Pero tiendo a pensar que ella sabe más que yo de todo esto, y por ello, con todo mi poético cabreo, cada mañana ingiero una pildorita blanca con cierto sabor anisado, cuya química, al parecer, se lleva a matar con la de mi cerebro, porque desde que comenzaran su romance no han hecho otra cosa que pelearse.

Y lo malo es que va ganando la dichosa pastillita. Hay que joderse.

En mi desconocimiento sobre cualquier tema farmacológico, ignoro qué poderes curativos encierra este Prozac de mi martirio, pero desde luego, las desventajas las estoy conociendo una por una.

A las náuseas y cefaleas iniciales, y que finalmente acabaron por desaparecer, siguieron en tropel una serie de sensaciones un tanto incalificables, y que nada tenían que ver con el supuesto bienestar que había venido a proporcionarme aquella caja mágica de fluoxetina en comprimidos.

Levantarte por las mañanas con sensaciones apocalípticas, todo hay que decirlo, también tiene sus ventajas. He llegado, por ejemplo, a comprender la que, hasta la fecha, consideraba la frase más estúpida y recurrente del cine: “Vamos a morir todos”.

Nunca entendí por qué, en todas las películas de catástrofes, alguien se empeñaba en dar una información que, no ya por obvia, sino por espeluznante, nadie le había pedido. Además, el sujeto en cuestión, siempre es el primero en arrojarse por una ventana. A ver, alma de cántaro… si tanto miedo tienes a la muerte… ¿por qué te empeñas en matarte tú solo?

Pues yo ahora lo entiendo, fíjate. Despertar por las mañanas, y pensar “vamos a morir todos”, no te proporciona sino ganas de tirarte por la ventana. La pega es que yo vivo en un tercero, y acabar parapléjica en el patio de mi vecina no me hace ni pizca de gracia. Además, los defenestrados acaban siempre en una postura patética, digna de una coreografía de la canción del verano. Eso por no hablar de lo feas que son las baldosas del susodicho patio, y lo mal que queda después todo el conjunto en el Telediario.

Así que me quedo en la cama, con la almohada sobre la cara, repitiéndome a mí misma que esto no puede ser el fin del mundo, aunque tenga toda la pinta.

Afortunadamente, esa parte sólo dura del orden de dos horas. Luego viene la de los ojos cargados. Esa sensación es, ante todo, estúpida; tener sueño y no poder dormirte te pone “impertinente”, como a los bebés. Esa es otra cosa que nunca hasta ahora había entendido: Un bebé puede estar llorando durante una hora “porque tiene sueño”. ¿Y por qué no se duerme y ya está? Pero claro, ahora que lo pienso, lo mismo las leches ésas de la farmacia también tienen fluoxetina en su composición, vete a saber.

Para finalizar con el rosario de reacciones adversas, diré que tener ataques de nervios de dos o más horas de duración no puede ser bueno, aunque seas una mosca o un cerdo. Yo por lo menos acabo cansadísima. ¿Será por eso que las moscas se dan contra las ventanas?

En fin, lo mismo mi viaje a través del desconocido y fascinante mundo de la fluoxetina tiene por objeto acabar de una vez por todas con todos esos grandes interrogantes sobre el cine, los bebés y las moscas, pero desde luego, con lo que no está acabando ni por asomo es con mi depresión.

Mira que si al final tengo razón, y no estoy deprimida… Lo mismo sólo soy una artista cabreada. Cabreada y jodida.

Como una mosca que se da contra un cristal.

 

 

 

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Gusanos de seda

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Pili entró sonriente, con una caja de zapatos entre las manos.
Yo le había abierto la puerta con una expresión adormecida; Durante la media hora anterior había estado absorta en la lectura de un libro muy interesante, y el timbre me había sacado de un mundo menos prosaico. Darme cuenta de que me encontraba en el comedor de mi casa, y no en la selva de Horacio Quiroga, me había producido un ligero mareo.

¿Está tu hermana Sonia? -dijo. Y sin esperar la respuesta se fue para el fondo de la casa.

Pili nunca venía a buscarme a mí, y en cierto modo era una cosa normal; yo era una niña “rara y aburrida”, que se pasaba el día sola en un rincón, leyendo libros, dibujando y escuchando música. Y aunque mi vecina, que también era compañera de clase, tenía mi misma edad, se llevaba mejor con mi hermana mayor, con la que tenía cierta afinidad.

Aquel día habían venido mis tíos y, como siempre que había reunión familiar, la algarabía reinaba en el salón, así que yo me había refugiado en la mecedora del comedor para devorar mi nuevo libro. Pero la entrada impetuosa de Pili me hizo seguirla, un poco para justificar de algún modo ante mi madre aquella manifiesta falta de modales de la que hacía gala esa especie de niña-huracán que vivía justo en el piso de al lado.
Mis hermanas salieron al oírla, y puesto que yo la había seguido, acabamos confluyendo todos en el salón, donde mis padres y tíos charlaban animadamente.

-Buenos días -dijo ella con una sonrisa de oreja a oreja- Mira, Sonia, lo que tengo.
Destapó la caja, e instintivamente todos miramos lo que había en ella.
Dentro, dos mariposillas color crema se mezclaban entre hojas de morera y una miríada de huevos diminutos.

-”Son gusanos de seda- explicó- bueno; lo eran. Ya han salido del capullo y han puesto un montón de huevos”.

Yo aún sostenía mi libro, el dedo índice marcando la página, pero miraba al interior de la caja, que tenía un olor un tanto desagradable, mezcla de cartón húmedo y heces de gusano. Las hojas de morera estaban mustias, y el conjunto en general me daba cierto asquito.

Mi tío se levantó para verlas.
Las palomitas estaban casi inmóviles, parecían muertas. Mi hermana pequeña preguntó: -¿No se escapan volando?

-No -respondió su propietaria- Estas mariposas no vuelan. Además se están muriendo.

Esto último lo dijo con una naturalidad que me resultó sorprendente.
A mí no me gustaban los “bichos”, pero no podía entender cómo alguien podía demostrar semejante indiferencia ante la inminente muerte de sus mascotas, fueran éstas lo que fueran.

Pili continuó con su explicación:
-”Cuando los gusanos de seda se hacen mariposas, se juntan, ponen huevos, y se mueren”.

“Hala, mira qué bien”-pensé yo. Pero no dije nada.

Yo tenía nueve años, y pensaba mucho, quizá demasiado. Mi tendencia a reflexionar acerca de la más mínima cosa me ha convertido ante los demás en una adulta “que se come demasiado el coco”, pero a mis nueve años me hacía “rarita”.

Entonces mi tío soltó aquella frase, la de la discordia:

-”Es increíble la misión de estos animalitos. Comen, crecen, se reproducen y se mueren”

-Igual que nosotros, ¿no?

Todos me miraron. Yo seguía sosteniendo el libro, y había dicho esto muy seria, sin saber que había abierto la caja de Pandora.

-Bueno, bueno… igual que nosotros no –dijo mi tío, sonriendo con una especie de suficiencia- Nosotros hacemos más cosas.

-¿Cómo qué? –inquirí yo.

-Pues nosotros trabajamos, por ejemplo.

-Para comer, ¿no?

-Sí, eso es, para comer.

-Pues igual que los gusanos, ¿no?

Mi tío no estaba dispuesto a darse por vencido, y menos por una mocosa.

-Pero también hacemos otras cosas. Tenemos nuestra casa, tenemos hijos…

No necesité repetir la frase, porque mi tío se calló, como observando que, en efecto, ninguno de sus argumentos había conseguido hasta el momento diferenciarnos de los gusanos de Pili.

Entonces mi tía comenzó a dar sus propios argumentos.

-Las personas vivimos mucho más tiempo que los gusanos. ¿No crees que eso será por algo?

-¿Para que comamos más? –aquello lo dije con cierta insolencia. Los razonamientos de mi tía me parecían una bobada. Mi ironía no pasó desapercibida.

-Oye moco, cuando vivas tantos años como nosotros, comprenderás más cosas -dijo con cierto enfado- ¿Pues no nos está comparando con gusanos?

-Bueno –dije yo suavemente- Si los gusanos vivieran tanto como nosotros, pero siguieran comiendo, engordando y poniendo huevos… ¿sería diferente?

-Pues… sí, supongo, porque les daría tiempo de hacer más cosas…

-¿Qué cosas? ¿Las que hacemos las personas?

-Sí…

-Pues eso; lo mismo de lo mismo: Comemos, crecemos, tenemos hijos y nos morimos.

Dicho esto, me fui para el comedor y reanudé mi lectura.

Pili y mis hermanas se fueron a jugar al dormitorio, y yo me metí de nuevo en la selva con Juan Darién, el niño-tigre. Pero algo no me dejaba leer.

En el salón, lo que comenzara como un murmullo había desembocado en una discusión acalorada. Y yo levanté la cabeza del libro para aguzar el oído.

Pude escuchar cómo se hablaba de sueños rotos, de expectativas fallidas, algún reproche, cosas sobre el matrimonio, los hijos, las vueltas que da la vida…

Cuando mis tíos se marcharon todo el mundo tenía la cara seria. Bueno, todos menos Pili, que volvió a salir por donde había venido, con su caja entre las manos y su despedida cantarina y escandalosa.

Pensé que mi madre iba a abroncarme, pero en lugar de eso me miró un momento y se puso a hacer la comida, sin decir palabra.

Jamás volví a pensar en ello, pero…

Más de veinte años después, la mirada de aquella niña “rarita” se posa sobre los viajeros del autobús.
Todos van serios, con un rictus mezcla de hastío y sueño, y yo me pongo a pensar en los gusanos de seda de mi vecina.

Hoy, ahora, me parece más que nunca que nuestra similitud con aquellos bichos es aún mayor que la que apuntaba de pequeña.

Como los gusanos de seda, en efecto, vivimos comiendo y tejiendo, con las esperanzas puestas en un futuro que no va más allá de asegurarnos la hoja de morera para mañana. Como ellos, en efecto, vivimos para perpetuar la especie, y luego desaparecemos.

Pero, además, nos parecemos en otras cosas…
Porque también nosotros tenemos unas alas que probablemente no llegaremos a utilizar nunca.
También vivimos en un pequeño espacio de cartón, que no son sino nuestras propias limitaciones. Las consideramos infranqueables, pero bastaría con levantar la cabeza para ver que arriba hay un cielo, y que la vida es algo más que lo que hay dentro de nuestra caja.

Sin embargo, y cuando tratamos de ver más allá, siempre hay alguien que pone sobre nuestras cabezas una enorme hoja de morera, alguien que nos recuerda que eso es lo máximo a lo que podemos aspirar, y que mientras que no nos falte, no tenemos por qué desear nada más.

Y entretanto, tejemos nuestros sueños, pensando que un día nos harán levantar el vuelo.

Yo no sé si los gusanos sueñan, pero nosotros desde luego sí que lo hacemos.
Al menos yo sueño cada día.

Sueño con un espacio abierto, que no huela al cartón húmedo de la miseria cotidiana.
Sueño con sentir el viento en mi cara, extender los brazos y agarrar la vida con fuerza.

Y sobre todo, sueño con desplegar un día mis alas, y volar lejos, muy lejos, de mi caja de zapatos.

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El bestiario de Zenda. I

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“La soberbia es como un potro descontrolado a cuya grupa se empeñan en montar los necios. Ellos creen cabalgar con dignidad, pero sólo hacen el más espantoso de los ridículos, destrozando sus posaderas y su credibilidad. Al final siempre caen de culo”.

La imagen de Mara despatarrada en el ignominioso suelo, con la cara roja y el trasero dolorido, se le vino a la cabeza. Y se dio cuenta de que en cierto modo lo deseaba.

Tenía sentimientos contradictorios. No quería que sufriese, pero en realidad aquella tonta insolente e inmadura se merecía una lección. “¿Me estoy volviendo mala?”

Recordó algo que le había dicho una vez su amiga Perla: “Eso de perdonar a los que nos hieren es una patología muy común entre los ingenuos, y de la que tú adoleces, por cierto. Cuando por fin consigas reírte de las desgracias de tus enemigos significará que estás curada.”

Perla era toda una filósofa, y una experta en poner el dedo en la llaga. Dulce como un limón, y fina como una piedra pómez, su mera presencia hacía temblar a más de uno. Asomándose peligrosamente al balcón de la grosería, lograba en cambio quedarse siempre en el extremo de la mordacidad, con una puntería que sólo justificaba la práctica, y que sin embargo era absolutamente espontánea.

Perla debía su nombre a una desafortunada elección por parte de su madre, quien opinaba que evocar algo precioso y exquisito al llamar a la niña, la conduciría a un estado de armonía entre nombre y actitud. Aquello, en opinión de Zenda, demostraba que a los hijos no debían ponérsele nombres demasiado significativos: Luego cada niño salía como salía, y los nombrecitos daban lugar a paradojas y anécdotas de lo más variado; De pequeña, había conocido a una Bella con ojos estrábicos y nariz aguileña, y a una Blanca que a juzgar por su tez podría haber sido pariente de Pelé. En su clase de quinto había una Felicidad que siempre estaba deprimida, y su vecina tenía un hijo malcriado, cruel y camorrista llamado Abel, que habría sido capaz de redimir por mera comparación a su hermano bíblico.

Lo mejor, sin duda, era ponerle a los niños Manolo, Pepe o Carmela. Eran nombres que no comprometían a nada, no creaban falsas expectativas y, lo más importante, no daban lugar a chistes malos.

En cualquier caso, y considerando que una perla no es más que el resultado de un grano de arena al que la ostra cubre de nácar para su propia protección, el nombre le iba divino. Ella conseguía sacar partido de las peores circunstancias, y casi siempre salía victoriosa. Solía decir de sí misma que era el resultado de las putadas fallidas de sus enemigos, y en cierto modo era verdad; Su experiencia la había hecho fuerte y potencialmente peligrosa, por lo que, si te ponía en su punto de mira, estabas perdido. Era mejor no ser enemiga suya.

Por suerte para ella, Zenda se encontraba entre los escasos especímenes a los que Perla consideraba “inofensivos y encantadores”. Algo así como una ardilla enana en peligro de extinción.

-Pequeñita y glamorosa -solía decirle- pero capaz de dar un buen mordisco si la situación lo requiere. Lástima que tengas tantos escrúpulos a la hora de sacudir una patada en la entrepierna de tus adversarios.

Zenda le explicaba que era una cuestión de principios; ignorar a las malas personas era, en su opinión, suficiente. No había que rebajarse a su nivel. Y en cualquier caso, perdonar también era una opción. Perla no estaba de acuerdo, y por eso, cuando Zenda trataba de hacer lo correcto, ella se desesperaba.

-Nena, tienes que superar los estigmas de tu colegio de monjas. Poner la otra mejilla es, en el mejor de los casos, abonarte para que te hostien por segunda vez.

Según ella, en la educación religiosa estaba el origen de muchos de los problemas que llevaban a la gente al diván del psicoanalista. Esos dogmas iban contra el instinto natural de supervivencia, y provocaban dilemas morales que desembocaban en angustia.

Zenda discrepaba en ese punto. Tal vez ése fuera el problema de otros, pero desde luego no era el suyo, pues ella no se consideraba creyente, o al menos no en el sentido tradicional de la palabra.

Porque creer, lo que se dice creer, creía en muchas cosas.

Interpretaba sus propios sueños recién levantada, encontrándoles casi siempre un significado oculto o una finalidad premonitoria, ocasionalmente se echaba las cartas, aunque sólo fuera para reírse un rato, y leía el horóscopo siempre que tenía un periódico a la mano. Eso sí; sólo se lo tomaba en serio cuando auguraba cosas buenas. Ella se consideraba una “supersticiosa positiva”, vamos, que seleccionaba y escogía las supersticiones en función de sus necesidades. Así, por ejemplo, romper un espejo conllevaba simplemente llamar a la compañía aseguradora, cruzarse con un gato negro, significaba lo mismo que cruzarse con uno a rayas, o sea, cruzarse con un gato, y adoraba los días trece. Además, recogía las monedas de céntimo y los botones que se encontraba por la calle, interpretándolos como un buen presagio. Si se le derramaba la sal, pues la recogía, y pisar una deposición canina, además de significar forzosamente que tendría que limpiarse los zapatos, comportaba de manera ineludible comprar un número de lotería.

Ya en un plan más trascendente, rendía un poético culto a la luna, lanzaba plegarias a las estrellas, y tenía una fe absoluta en el poder del tiempo y el destino, haciéndose eco de aquello de que el tiempo lo pone todo en su sitio.

-El tiempo no pone nada en ninguna parte. – Le decía Perla- Ni que estuviese ahí para arreglarte los armarios. Si quieres que algo esté en su sitio, tienes que ponerlo tú misma.

Perla explicaba que esa fe acusada por muchos en el poder del tiempo era también una consecuencia de la educación religiosa.

-Viene a ser lo mismo que eso de que los buenos irán al cielo y los malos al infierno, -decía- sólo que ocurrirá después de que éstos últimos hayan estado viviendo siempre de puta madre y los primeros se hayan pasado toda su vida aguantando palos. Chica, yo prefiero encargarme personalmente.

Zenda coincidía con Perla en muchos de sus planteamientos, pero consideraba que su amiga pecaba de exceso de acidez. En alguna ocasión había hecho daño a personas que no lo merecían, sólo porque su previsión sobre la maldad ajena acababa siendo superada por la suya propia, en un intento de que no le ganaran la partida.

En cualquier caso, y aunque Perla la tachara de ingenua, Zenda no se consideraba tal en absoluto. Tenía los pies firmes en el suelo, y sabía poner a la gente a raya cuando la situación lo requería, aunque su sentimentalismo la llevara con frecuencia a consentir ciertos desmanes a aquellos a los que estimaba que debía lealtad.

Mara era un buen ejemplo de ello.

Hizo un recuento mental de las tropelías cometidas por su amiga “en el nombre del amor”.

Porque era el amor verdadero, por supuesto, el que había llevado a Mara a relacionarse con una extensa fauna de lo más variado, en una serie de tormentosos idilios que la habían conducido a situaciones incalificables e inauditas. Por asociación, por amistad, o por narices, Zenda se había visto metida en más de un embrollo a causa de aquellos amoríos. Por eso, cada vez que su amiga comenzaba otro romance, a ella le temblaban las canillas.

El interminable plantel de novios, rollos o amantes de Mara, a cual más impresentable, se veía ahora coronado por lo que Zenda consideraba la guinda de un enorme pastel, hecho a base de una amalgama de relaciones sentimentales de lo más rocambolescas que su amiga había ido amasando durante años. Mara se había superado a sí misma de largo. Porque ni salir con un adolescente, ni volverse una radical anarquista, ni convertirse de la noche a la mañana en una devota seguidora del Dalai Lama, estaban, a su entender, a la altura del hecho de casarse con un señor al que no había visto nunca.

Y lo de señor era un decir.

Todas las alarmas de Zenda se dispararon el día en que Mara le confesó, emocionada y trémula, que había conocido -por enésima vez- al definitivo amor de su vida. No le habría dado mayor importancia si no hubiera sido porque el individuo en cuestión no era más que una aparición en la pantalla de su ordenador, en la que figuraba la que supuestamente era su foto, acompañada de una serie de ñoñerías demasiado básicas para haber sido escritas por un individuo de veintisiete años.

Individuo que, por otra parte, se encontraba a 9999 kilómetros de distancia, al otro lado de un océano ligeramente más extenso de lo aconsejable para establecer intimidad alguna.

Insignificante mención merecía el hecho de que el susodicho vivía en un poblado de Perú, acompañado de su madre viuda y de seis hermanos a los que había de mantener, como también carecía de importancia, en opinión de Mara, que el sujeto le hubiese declarado su amor incondicional y sus deseos de contraer matrimonio a la semana de chateo.

Y lo peor no era eso.

Lo peor es que ella le había dicho que sí.

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El bestiario de Zenda. II

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“La adulación encuentra su público entre quienes no merecen un auténtico elogio”.

La última historia de Mara había ido tan rápido que casi se podía calificar de efervescente. Y se estaba desbordando, salpicando a todos los que estaban a su alrededor.

Zenda estaba acostumbrada a verse envuelta en todo tipo de problemas a causa de los devaneos de su amiga, pero esto era demasiado hasta para tratarse de Mara.

Para empezar, ella aún estaba casada, y viviendo con su marido.

Tras algunos meses de desavenencias y peleas, y ante la imposibilidad económica de costear cada uno un piso, habían decidido instalarse en habitaciones separadas, cual estudiantes universitarios, llevándose sus pertenencias cada uno a su distrito, en una especie de “ya no te ajunto”.

Por supuesto, ella se quedaba con el ordenador. Esto era innegociable. Él, que precisaba del instrumento y de la valiosa conexión a Internet para encontrar sustituta, tardaría del orden de tres días en disponer de ambas cosas en el interior de su feudo, y ambos comenzaron una frenética carrera de tecleo, ignorándose tanto como les era posible, y evitando cruzarse siquiera. Requerían, eso sí, de cierta habilidad a la hora de compartir el territorio neutral, esto es, el salón, el baño y la cocina.

Ésta última aún seguiría siendo objeto de peleas, ya que ella surtía constantemente la nevera, mientras que él se ocupaba sólo de vaciarla. El asunto habría de solventarse con una nueva división territorial, esta vez del susodicho electrodoméstico, y que se llevó a cabo con precinto de embalar. Al principio, Toni habló de quedarse con la parte superior, pero ella se negó en redondo, argumentando que el frigorífico no enfriaba igual a distintas alturas, así que las dos partes se hicieron de modo vertical. El lado derecho le correspondería a Toni, y el izquierdo a Mara. Por si algún alimento “resbalaba” al territorio enemigo, ella se dedicó a etiquetar las fiambreras, latas y hasta verduras con su nombre. Él, para devolverle la pelota, hizo lo propio. El resultado era un tanto surrealista; Al abrir la puerta se iluminaban decenas de etiquetas y papeles, auténticos carteles en el caso de ella, algunos del tamaño de una cuartilla. La indolencia de Toni, por su parte, le había llevado a usar post-it. El problema era que, con el frío, el ligero pegamento de estas etiquetas de oficina acababa por ceder, y muchas de ellas se despegaban de los alimentos, amontonándose por todas partes. Era una especie de otoño amarillo que inundaba la nevera.

En cualquier caso, la falta de etiquetado de aquellos alimentos tampoco suponía un problema. Ella nunca se habría comido ninguna de las “guarrerías” de microondas que él se compraba, y de todos modos bastaba con sus propios rótulos, debidamente pegados con cinta adhesiva, para determinar por eliminación lo que le pertenecía a él.

Todo estaba arreglado civilizadamente; No tenían encontronazos ni discusiones graves, y el acuerdo funcionaba bien ateniéndose a las normas, basadas fundamentalmente en el respeto a la zona del otro, pero era aquel frigorífico lo que le proporcionaba, cuando menos lo deseaba, una visión un tanto patética de la situación, tal vez por ser una imagen demasiado gráfica del asunto.

Un día en que Mara había vuelto especialmente cansada del trabajo, fue a buscar un poco de leche, y se detuvo con la mirada perdida frente a la absurda obra de arte moderno que parecía ser el interior de su nevera. Hizo una mueca de hastío, y entonces reparó en una enorme morcilla sobre la que rezaba: “Toni”.

Tomó el embutido con la punta de los dedos y, en un pensamiento malvado, se permitió una analogía irónica en la que la pieza porcina salía ganando. Luego cogió la leche y se sirvió un vaso, al que dio pequeños sorbos sentada en un taburete.

Durante unos minutos fijó la mirada en el envase, como queriendo encontrar respuestas trascendentes a preguntas vitales en la información del fabricante. Apuró el vaso y se fue a trabajar en su proyecto, que desde hacía tres semanas no había sido otro que el de adentrarse en los laberintos de la red, buscando nuevo compañero.

Su primer candidato había sido un argentino de su misma edad. Esto había sorprendido a Zenda. Desde hacía años, Mara se empeñaba en salir con tipos más jóvenes que ella, dándose la circunstancia de que sus últimos amantes habían tenido todos justamente diez años menos.

Esta fijación por lo que Zenda llamaba “el descuento del diez por ciento” la tenía un tanto desconcertada. La diferencia no había sido tan significativa con Toni, que tenía 25 años cuando ella le conoció a sus 35, ni tampoco con el peruano, que contaba 27 primaveras frente a las 37 de Mara, pero cuando, a la edad de 27 años, ella comenzó a lucir palmito del brazo de un niñato en la edad del pavo, a Zenda se le cayeron los palos del sombrajo.

La constante del diez por ciento empezaba a ser preocupante. ¿A qué podía deberse? Zenda pensaba que Mara sufría del síndrome de Peter Pan, tratando de ser eternamente joven. Esto era más fácil de lograr relacionándose con individuos cuyo objetivo a corto y medio plazo consistía en comprarse ropa chula y salir de marcha. Nada de hablar de hijos, ni de trabajo, ni de canas. Todo debía ser como en un video clip.

Perla, sin embargo, tenía otra teoría:

-Lo que le pasa a Mara es que constantemente busca fascinar, y esto no puede hacerlo con un hombre maduro. Sus argumentos son bastante infantiles, y ha de encontrar un público menos exigente. Lo que no entiendo es cómo no está ya escarmentada, a tenor de sus resultados. Debería buscarse un tronco de 40 años con una nómina inmensa y un pene enorme, y dejarse de pamplinas.

A Perla no le caía bien Mara. La toleraba por Zenda, porque sabía lo mucho que ésta la quería, pero chocaban constantemente. El sentimiento era mutuo, por supuesto. Eran agua y aceite, y sólo tenían en común el recipiente en el que ambas se mecían; Zenda.

Sin embargo, y preocupada ya en extremo por el cariz que había tomado el asunto con el peruano, Zenda había compartido con su ácida amiga su inquietud al respecto. Perla siempre la escuchaba con atención, y solía ser bastante crítica y clara, aunque trataba de ser justa.

Zenda, más que narrar, parecía que elucubraba en voz alta.

El asunto con el argentino no había ido bien. Se habían conocido en una página Web de corte gótico-oscuro, cuyos miembros parecían ser todos poetas de andar por casa. El sitio se llamaba “Vigilia Perpetua”, y sus afiliados gustaban de nombres pomposos, principalmente de corte aristocrático. De este modo, todas ellas eran Lady Algo: Lady Dark, Lady Morticia, Lady Lucrecia, Lady Godiva o Lady Grecian. También estaban muy cotizados los nombres de películas góticas. Así, había un buen número de Lestats, Louises y Minas, varios Belas Lugosis, y muchos, muchísimos vampiros, todos ellos seguidos de fechas de nacimiento, cifras o guiones, porque claro, los nombres no podían estar repetidos.

El argentino en cuestión era un fontanero de Buenos Aires, conocido en la Web como El Conde de Orlok, y, al igual que todos en aquella comunidad virtual, gustaba de frases enigmáticas, colgaba fotografías de sí mismo en poses místicas, y se congratulaba de morirse un poco todos los días.

Mara le había puesto como titular en la lista de posibles, junto con un periodista peruano, un profesor hondureño y un oficinista de Burgos. El argentino era el primer candidato, con el que cruzó palabras de amor y hasta casi frenesí sexual, pero la cosa no había cuajado. Mara le ofreció a Zenda veladas excusas sobre la brusca interrupción del idilio internáutico, aunque algún tiempo después ella conocería la verdad.

Esto sucedería de modo casual. Mara tenía la poco correcta costumbre de dar la dirección de correo electrónico de sus amigos a las nuevas adquisiciones. Zenda pensaba que esto denotaba una nefasta educación. Ella tenía por norma no facilitar datos de nadie, ni aún entre personas conocidas. Estimaba que, si alguien quería hacerse con el número de teléfono o la dirección de otra persona, debía recurrir al interesado en cuestión, pero Mara pensaba que los remilgos de su amiga eran excesivos, y así, había acabado dando su dirección a varios individuos de la fauna de los perpetuos, uno de ellos el mencionado conde.

Fue así como, unas semanas después de la ruptura de lo que apenas fuera una incipiente relación, el Conde de Orlok abordó en el Messenger a Zenda.

Ella nunca se había interesado mucho por el asunto. Mara se había limitado a decirle que su historia amorosa se había terminado porque él, palabras textuales, “la había decepcionado profundamente”. No entendía muy bien Zenda cómo podía haber sucedido tal cosa, si el romance había durado apenas un par de semanas vía webcam, pero se lo tomó como otra de las niñerías de Mara, y no tuvo interés en indagar en el tema.

Sin embargo, parecía que el aristócrata bonaerense, del legendario linaje de los Orlok, no tenía tanto interés como Mara en esconder los motivos del rollus interruptus.

Con palabras elegantes, como corresponde a la nobleza, vino a explicar a Zenda que no le había quedado otra que apartarse despavorido de los virtuales brazos de su amada, al proponerle ella matrimonio tras diez días de mensajes instantáneos, iconos animados y besos a la cámara.

Zenda se había quedado perpleja; Llevando por bandera la máxima de “A rey muerto, rey puesto”, el carrerón de su amiga describía por momentos una trayectoria frenética, dejando un reguero de amantes a los que su inexplicable prisa no les estaba concediendo ni una lagrimita póstuma.

La progresión a velocidad creciente con la que se buscaba año tras año los repuestos estaba comenzando a escandalizarla. Ni siquiera aguardaba a la muerte del rey, sino que comenzaba a buscar un oportuno sustituto cuando la relación en curso flaqueaba.

Así, y una vez hubo marcado las fronteras de dormitorio y frigorífico, había decidido sustituir al monarca reinante por un conde -sangre azul al fin y al cabo-. En definitiva, que pidió el divorcio de Toni a los pocos días de conocer a Orlok.

La pega es que la aventura argentina no tuvo el desenlace que ella esperaba, y hubo que tirar de suplente.

Lejos de suponer un trauma, la deshonrosa retirada del noble -quien puso pies en polvorosa a golpe de clic- se tradujo en un raudo traspaso de los afectos de Mara hacia otro sujeto.

Un rápido vistazo le bastaría para ascender al segundo candidato de la lista, un vampiro mil y pico con un poncho de colores.

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El bestiario de Zenda. III

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“Quien pesca por placer lleva una caña. Quien lo hace por hambre, usa la red“.

Lo del poncho había sido un comentario mordaz de Perla, tras referirse Zenda al peruano y su cuadrilla como “Carlos Mejía Godoy y los de Palacagüina”. La otra se había deshecho en carcajadas.

-¿Cómo es un gótico con poncho? -le había preguntado.

-Qué sé yo -dijo Zenda, riendo la ocurrencia.

Estaban tomando una copa en la terraza del Baviera, una cervecería genuinamente alemana regentada por un ubriqueño que ceceaba. Tomás, que así se llamaba el hombre, explicaba que ese era el acento de los Alpes bávaros. Tenía un morro que se lo pisaba, pero charlar con él garantizaba la carcajada.

Perla la había llamado para tomar algo a la salida del trabajo, y quedaron a las diez de la noche en el Paseo Marítimo. Como casi siempre, acabaron recalando en el Baviera, atraídas por el “encanto alpino” del local y su propietario.

Aquella noche no había mucho público en la terraza. Soplaba viento fresco de Poniente, que a Zenda le encantaba, pero que remitía inexplicablemente a la gente al interior del local, donde el viento se llamaba Fujitsu y te destrozaba la garganta.

-Bueno guapa- le dijo Perla- explícame bien eso del ensayo ultramarino, que por teléfono has sido de lo más enigmática.

Zenda puntualizó la frase. Sus palabras textuales habían sido “experimento transoceánico”, pero Perla siempre hacía sus propias versiones de todo.

-Vamos por partes. Te lo cuento si me invitas a otra cerveza.

Perla hizo un gesto a Mario, el primo de Tomás. Una vez servidas, Zenda comenzó a relatar.

Había sido un impulso repentino. Contra todo consejo, Zenda había decidido tomar cartas en el asunto del casamiento relámpago de Mara.

La idea no era, en sí, obstaculizar el camino a la “enésima felicidad definitiva” de su amiga, ni intervenir en manera alguna en el resultado, sino constatar, en su caso, que aquello era amor sincero -gilipollas, pero sincero- o si el sujeto, tal y como pensaba Zenda, no era más que un oportunista tratando de conseguir pasaporte europeo.

-Eso te lo habría podido decir yo sin experimento- interrumpió Perla -pero sigue.

Para elaborar su plan, Zenda había creado una nueva cuenta de mensajería instantánea, en la que había añadido, como único contacto, la dirección del peruano. Ésta se encontraba a disposición de cualquiera que entrase en la página de “Vigilia Perpetua”, cosa poco recomendable si se desea controlar el correo entrante y evitar virus, pero necesaria si el objetivo personal es el de tener más cancha para actuar, más océano para pescar.

También halló en su espacio virtual alguna información de interés, aunque claro, siempre cuestionable. Al parecer, su nombre real era Jonathan José Pisfil Agapito, nacido veintisiete años atrás, y natural de Chachapoyas. Lo de “natural” era un decir, porque en la galería de fotos en la que el referido se mostraba al mundo no había ni una sola postura o actitud que pudiese merecer tal adjetivo.

En poses casi místicas, plasmadas en un estudiado blanco y negro, el Drácula de Chachapoyas parecía haber estado en contacto con el mismísimo Dios en el momento de ser sorprendido por el objetivo. Era algo así como la versión masculina de Santa Teresa, sólo que con exceso de gomina. Al pie de cada foto, el tipo había escrito algunas palabras, que al parecer trataban de explicar los sentimientos supuestamente plasmados en las instantáneas. “Abismo”, “Mi alma perdida”, “Encuentros” y leyendas del estilo “aclaraban” una misma pose pastelosa de las diferentes fotos, en las que el susodicho nunca miraba de frente.

La investigación de Zenda estaba orientada a introducirse en el círculo del sujeto. Ella pretendía formar parte del que presumía más que posible catálogo de novias del peruano. Sin embargo, en el cebo de su propia trampa no quería poner nada que pudiese resultar apetecible a nivel físico, emocional o intelectual. Si realmente el tipo era un aprovechado, bastaría con ser mujer, soltera y boba. Y, por supuesto, tener un documento que garantizase haber nacido dentro de la piel de toro.

No fue difícil contactar con él; El halago a unos textos infantiles y anodinos incluidos en la página, y realizados por un “periodista” para el que escribir un poema significaba aglomerar palabras pomposas, encontraron eco fácil en el ego de una persona aparentemente acostumbrada a relacionarse con personas de escaso intelecto.

El vampiro mil nosecuantos había escrito: “Las langidas columnas que se apollan triunfadoras sobre tu pelo ausente y hermoso, ebocan la libertad de un reino oscuro que murió para renacer en los dedos de  tus pies”.

Más allá de las garrafales faltas ortográficas en las palabras “lánguida”, “apoyan” y “evocan”, que le habían producido una especie de reacción alérgica, Zenda se devanaba los sesos para entender el mensaje. Se esforzaba por comprender, por ejemplo, cómo unas columnas podían ser lánguidas y triunfadoras, qué artes empleaban éstas para apoyarse sobre el pelo de alguien, -especialmente cuando la persona, al parecer, era calva- y cuál era la fórmula para que un reino renaciese en los dedos de los pies de nadie. A lo mejor se trataba de hongos.

Lo peor para Zenda fue fingir admiración por semejante agresión a la lengua española, pero teniendo en cuenta que para caer supuestamente en sus redes tenía que emular la simpleza de una ameba, el elogio al talento literario del sujeto resultaba ineludible.

Haciendo de tripas corazón, le dejó una nota de alabanza en su espacio virtual, para poder contactarle por mensajería instantánea.

Llegados a este punto, Perla la interrumpió:

-No has hecho eso… ¿lo has hecho?

-¿Repruebas mi proceder? -preguntó Zenda.

Perla soltó una risotada que atrajo las miradas de algunos paseantes.

-¿Reprobarla? ¡Qué va, es genial!  Tú, mi pequeña catequista, ejerciendo de Mata Hari… – volvió a reír-  Me parto.

Zenda ignoró el apelativo religioso. Sabía que a Perla le gustaba pincharla con lo de su educación en un colegio de monjas, como también sabía que su amiga estaba al corriente de que ella era más atea que un ladrillo.

Cuando Perla terminó de reír, y de secarse las lágrimas, ella continuó.

Tal y como era de esperar, Jonathan José la admitiría enseguida en su lista de contactos. La curiosidad, la oportunidad, o el ego le podían.

Lo malo es que la premura con la que el individuo la había abordado en el Messenger no había permitido a Zenda buscar una foto apropiada, que pretendía sacar de Internet para no poner la propia, así que en su primera conversación con él aparecerían, por un lado, la foto en pose ascética de él, y por otro, la de  un pato amarillo de goma que por defecto agregaba el programa.

No había podido preparar estrategia alguna, así que se limitó a dejar que él llevara la conversación.

Lo que le siguió la dejó atónita; En un alarde de retórica melosa, el de Chachapoyas se desplegó en una sucesión de exagerados requiebros, tanto más absurdos en cuanto que iban dirigidos hacia una persona de la que no sabía nada, y que tuvo su colmo en una frase en la que el tipo se refirió a ella como “dulce dama de ojos tristes y expresión melancólica”.

Zenda miró al pato de goma con estupefacción, tratando de encontrar la melancolía en sus ojos, y preguntándose cómo demonios podía soltarle semejante gilipollez, pero no dijo nada. Se alegró, eso sí, de poder contar con los valiosos segundos que le proporcionaba su conversación escrita, porque de otro modo no habría podido por menos que deshacerse en un exhaustivo interrogatorio en la búsqueda de la única neurona que aquel impresentable parecía tener operativa. ¿Acaso no se le había ocurrido a aquel mendrugo que su supuesta bella interlocutora podía ser un tabernero con bigote? ¿Qué se supone que debe decírsele a una persona que acaba de elogiar tu mirada de caucho? Y, lo más importante: ¿Qué mujer con dos dedos de frente sucumbiría ante semejante demostración de simpleza? Estaba claro que el tipo no era precisamente un gran estratega del amor pero, ¿tan tonta era su amiga?

Zenda aguardó unos segundos, en la esperanza de que el individuo soltase otra chorrada y así poder eludir la inevitable réplica al piropo prefabricado, pero el Don Juan de ultramar esperaba su premio, como una foca que hace una pirueta y reclama su pescado, y al parecer no estaba dispuesto a escribir nada más hasta que Zenda reaccionara.

Probablemente anhelaba una señal, una respuesta que de algún modo dejase ver el efecto arrebatador que su inefable encanto producía en las féminas, mientras que Zenda, por su parte, se debatía con su propia integridad, reprimiéndose para no desintegrarlo con una auténtica demostración de elocuencia fulminante.

Considerando la dificultad implícita, fue para ella todo un logro teclear un escueto “gracias”, si bien el esfuerzo determinaría el fin de aquella primera conversación, a la que puso término de una manera tan cortés como veloz. Había tenido suficiente.

A esas alturas del relato, a Perla le dolía la tripa de reírse.

Y eso que Zenda lo estaba contando todo muy seria.

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